Publicado el 16/01/2026

La maternidad

Actualmente estamos asistiendo a cambios muy rápidos a nivel de las prácticas que rodean a la maternidad, los tiempos históricos son en general más precipitados que los tiempos subjetivos. Las transformaciones culturales y sociales que vivimos se manifiestan en cambios en las estructuras familiares, como en los modelos de masculinidad y feminidad, confrontando a hombres y mujeres con nuevos modos de relación, con nuevas significaciones en torno a su sexualidad, y a la maternidad específicamente.

Vivimos en una época en la que las prácticas y los discursos acerca del quehacer materno y de la elección sexual se han pluralizado a tal punto que, en muchos casos, dejan a los sujetos en total desconcierto y confusión.

Esto, a su vez, habilita interrogantes que fueron impensables en otros momentos históricos. Actualmente, son muchas las mujeres que no eligen la maternidad como parte de su proyecto; deciden dedicar su vida al trabajo, al éxito profesional u otros intereses personales que no incluyen a un hijo en su futuro. Esto, en muchos casos, no es sin angustia y sin el conflicto propio de quien se enfrenta con dos mandatos sociales difícilmente conciliables: «debes ser madre» y «debes ser exitosa» (esto, lógicamente, generalizando algo que luego habrá que particularizar en cada quién). Los cambios en la ciencia que abre un abanico de posibilidades en relación a la maternidad ,la maternidad en algunos hombres, mujeres mayores, mujeres solas.

Para abordar el tema de la maternidad nos tenemos que remitir a la cuestión de  la feminidad. Podemos citar tres textos freudianos en los que el autor expone sus investigaciones y algunas conclusiones sobre el tema: Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica de 1925, Sobre la sexualidad femenina de 1931 y La Conferencia 33: La feminidad.

Freud trabaja en estos textos entorno a aquellos puntos de dificultad que encuentra en la formulación de la teoría edípica. Lo que elabora en estos artículos es la evolución de la vida sexual de la niña haciendo un recorrido paralelo con la del niño y marcando los puntos de convergencia y diferencia. Así, sitúa una etapa preedípica donde las primeras mociones pulsionales se darían de forma prácticamente idéntica en el niño y la niña.

En esta fase previa al Complejo de Edipo, todos los niños descubren la sexualidad en diferentes zonas de su cuerpo e inician tempranamente su actividad masturbatoria. El niño con su pequeño pene y la niña con el clítoris al que le da un valor equivalente al del pene. Así, en esta primera etapa toda la actividad sexual sería considerada «masculina» o podríamos llamarla también «fálica», las pulsiones sexuales van descubriendo el mundo libidinal de los pequeños sujetos, sin que haga atisbos de aparición, todavía, la diferencia sexual como un hecho que cobre significación.

En esta etapa la madre es el primer objeto de amor para ambos. Como el ser encargado de sus primeros cuidados y la persona que va hacerles descubrir las primeras satisfacciones sexuales, este objeto se convierte por tanto en el primero y más fuerte vínculo existente. Entonces, inesperadamente, hace su aparición la diferencia de los sexos para ambos como una irrupción que conlleva siempre una carga de angustia importante. Es a partir de este momento que la sexualidad del niño y de la niña va a empezar a tomar caminos distintos. La diferencia sexual en la niña pone en marcha sentimientos de resentimiento y hostilidad muy notorios, reproches dirigidos a la madre que en última instancia se resumen en el de ¿por qué me pariste mujer? instaurando la «envidia del pene», motora del inicio de dos virajes que, en el niño, por su distinta constitución, se hallan ausentes. Estos cambios son fundamentalmente dos:

Cambio de objeto de amor. Sustituir la madre por el padre.

Cambio de la zona erógena: el clítoris (de naturaleza fálica) por la vagina, propiamente femenino.

La entrada en el Complejo de Edipo, con este viraje al padre, le dará para la mujer tres salidas diferentes. Aclara de entrada que esta salida en la mujer en algunos casos suele retrasarse mucho o que incluso a veces nunca se logra. Estas salidas serían:

  • La suspensión de toda la vida sexual por la frustración de la envidia de pene
  • La hiper-insistencia en la masculinidad. La niña insiste en su posesión fálica
  • La feminidad definitiva.

Con respecto a esta última, a raíz de la diferencia de la salida del complejo de Edipo en la niña y en el varón, dice: «la renuncia al pene no se soportara sin un intento de resarcimiento. La muchacha se desliza, mediante una ecuación simbólica, del pene al hijo; su complejo de Edipo culmina con el deseo, alimentado por mucho tiempo, de recibir como regalo un hijo del padre, parirle un hijo».

En este sentido la mujer va saliendo del complejo de Edipo. Tanto el deseo de poseer un pene y de tener un hijo, quedarán en el inconsciente, y cumplirán un papel fundamental en el posterior papel sexual del ser femenino. Entonces se va a dirigir a otro hombre para que le dé lo que el padre no le pudo dar.  Supone la ecuación simbólica niño-falo, donde el hijo viene al lugar del falo que no tiene. Es decir, en términos freudianos, la maternidad sería una forma de resolver el complejo de Edipo, donde el niño queda ubicado como sustituto fálico. Sin embargo, en esta misma conferencia, Freud deja traslucir que algo del Edipo no le alcanza para nombrar algo de lo sexual, que no queda resuelto por la vía del falo.

Más adelante dice: «no se puede comprender a la mujer si no se pondera esta fase de la ligazón-madre pre-édípica» y concluye diciendo que lo que puede decir acerca de la feminidad es incompleto y fragmentario. Es decir, el continente femenino es el continente oscuro sobre el que algo no pudo responder. En la obra freudiana, maternidad y feminidad aparecen ligadas.

De sus textos se desprende la idea de ser madre como una posible vía para lo femenino -para él la óptima-. Sin embargo, los desarrollos posteriores desde la orientación lacaniana, nos hacen preguntarnos si la feminidad ha de ir necesariamente de la mano de la maternidad. ¿Para ser mujer es necesario ser madre? La feminidad introduce una importante y compleja pregunta: ¿Qué es una mujer? Si nos preguntamos por la feminidad y nos hacemos esa pregunta, no es menos lícito preguntarse por la maternidad y realizar una pregunta correlativa: ¿Qué es una madre? A la par de tales cuestiones surge otra previa y fundamental: ¿Madre y mujer son lo mismo? ¿Son diferentes? ¿Cuáles son los puntos de convergencia y/o divergencia? .

Lacan en algunos momentos de su obra habla del instinto maternal pero,  siempre lo ha relacionado con la mediación simbólica y el deseo. En la maternidad el amor, el deseo y el goce femenino están estrechamente enlazados.

El goce femenino

El goce femenino o goce suplementario aparece en varios textos a lo largo de la enseñanza de Lacan, pero toma mayor importancia a partir del «Seminario XX». Escapa a las palabras y a la representación, no se rige por las leyes del lenguaje y la significación. No está en referencia al goce fálico, es radicalmente diferente.

Que ese goce suplementario esté del lado mujer, no quiere decir que el hombre no pueda alcanzarlo, como tampoco que las mujeres no estén ordenadas en el goce fálico.  La mujer está de pleno en la lógica fálica, pero hay un goce suplementario.

Precisamente, hablar de suplemento en la mujer, supone situarla, de alguna manera, por fuera de la lógica simbólica del falo, del más y del menos, de tener y no tener, esta es la lógica fálica.

Lacan sale de la oposición simbólica tener o no tener un objeto imaginario como es el falo -al que da el estatuto de significante- para definir lo auténticamente femenino. La mujer se rige, al igual que el hombre, por el goce fálico, pero lo que la define realmente, es el goce más allá de lo fálico,el goce otro que supone una posición subjetiva femenina.

El goce-otro es un goce sin límites, que no se puede medir, ni cuantificar, ni localizar y que afecta en primer lugar al cuerpo como sustancia gozante.

En el Seminario 20: Aún, Lacan se sirve de la experiencia de los místicos en su relación con Dios para ejemplificar ese goce particular que sitúa del lado de lo femenino. En el Seminario Aún, Lacan nos dice que ninguna mujer aguanta ser no-toda, siendo el hijo lo que adviene precisamente a ese lugar, «El goce de la mujer se apoya en suplir ese no-toda. Para ese goce de ser no-toda, es decir, que la hace en alguna parte ausente de sí misma, ausente en tanto sujeto, la mujer encontrará el tapón de ese «a» que será su hijo».

La maternidad como suplencia, será una de las respuestas ante «lo femenino» que hay en ella: «el goce de la mujer se apoya en un suplir ese no-toda». Suplencia que no completará nunca a la mujer, salvo en la psicosis. Para Lacan la importancia del goce materno radica en que la madre se encuentra en una búsqueda constante de saciar algo fálico, pero que no se queda únicamente en lo fálico, sino que apunta a un más allá.

Ante este planteamiento de la feminidad, se podría decir que madre es la que tiene, tomando la equivalencia freudiana niño=pene y la mujer es la que goza más allá del falo.

En Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina, Lacan dice: «conviene preguntarse si la mediación fálica drena todo lo que puede manifestarse de pulsional en la mujer y principalmente toda la corriente del instinto materno ¿Por qué no plantear aquí que el hecho de que todo lo que es analizable sea sexual no implica que todo lo que es sexual sea accesible al análisis?» (Lacan: 1958, 693)

Nos interrogamos sobre la relación entre la mujer y la madre partiendo de que no todo lo materno puede ser drenado por lo fálico, es decir, Lacan sugiere a partir de la referencia al «instinto», que hay algo de lo real en la madre que escapa a la simbolización.  

En su escrito La niña y el falo (1956), nos recuerda que la relación del niño con la madre es de lo menos natural que existe, que el maternaje es más una actividad sexual que educativa o sublimada. Y, ello porque entre el niño y la madre lo que se pone en juego obedece a las leyes de una actividad pulsional regulada por un fantasma primordial

Deseo y goce jugarán su partida, según la relación al falo que ella tenga. Aquí nos encontraremos en el una por una.

Lacan a la altura de La dirección de la cura, primero y profundizando en sus últimos seminarios, cuando se pregunta si hay Deseo Materno para todo el mundo. La respuesta es radical: NO. Podría no haber Deseo de la Madre, y esto es previo (en sentido lógico) a la metáfora paterna. En algunos casos la demanda de llegar a ser madres puede responder a una ausencia de metáfora que pueda nombrarlas como mujeres. En lugar de que la maternidad simbólica posibilite la maternidad real, se espera de la maternidad biológica haga posible una posición del sujeto acorde con lo femenino sin pasar por la castración. Se intenta restituir el estatuto de sujeto a través de la maternidad  puede alcanzar una unidad ilusoria encarnada en la maternidad biológica cómo ideal. La demanda de hijo puede oponerse al deseo de hijo.

El deseo del hijo sería producto de la configuración edípica que presupone la identificación metaforizante que, en el tercer tiempo del Edipo, conduce a la identificación con los emblemas del propio sexo.

En el Seminario 5 Las formaciones del inconsciente, Lacan presenta la primera versión de la Metáfora Paterna y dice textualmente en relación a la madre: «¿Qué es lo que quiere, ésa? Me encantaría ser yo lo que quiere, pero está claro que no sólo me quiere a mí». La madre como mujer desea algo más allá del hijo, una madre sólo es suficientemente buena a condición de no ser toda para sus hijos, a condición de seguir siendo una mujer.

La metáfora paterna remite «[…] a una división del deseo que impone que, en este orden del deseo, el objeto niño no lo sea todo para el sujeto materno». Hay una condición de no-todo[…] El niño colma el deseo de la madre, pero a la vez divide, si no divide queda como resto de la pareja o queda inseparable de la madre.

Cuanto más colma el hijo a la madre, más le angustia, de acuerdo con la fórmula de que la angustia es la falta de la falta. Por lo tanto, la metáfora paterna no solo significa la introducción de la ley y la restricción del deseo de la madre, sino también es la que propicia esta división para que el objeto niño no sea todo para la madre.

Es decir, que el niño suple el anhelo fálico, pero al mismo tiempo debería ocupar un lugar donde el deseo de la madre quede preservado, donde puede desear, pero también como mujer a un hombre. la sustitución niño-falo no colma la falta y subsiste un resto de insatisfacción. Lo insaciable de la madre que aparece en el Seminario 4 aparece como voracidad, en el Seminario 5 dice: «La madre es una mujer a la que suponemos ya en la plenitud de sus capacidades de voracidad femenina…»

Desde la posición de no-toda, la mujer vehiculiza en la maternidad algo de su goce suplementario. Freud abordó esta cuestión en términos del «odio de la madre», con la ambigüedad que comporta el genitivo: hacia la madre y de la madre al hijo, fuente del sentimiento de persecución en la niña. Lacan encara primero este resto de «pasión mala» en términos de «insaciabilidad», «voracidad materna», «Deseo Materno» (voluntad sin ley),

Así, la «coyuntura dramática» en la que se incluye la maternidad en cada mujer, las particularidades de su historia, intervienen en su transmisión de la falta y en su incidencia en la subjetividad del niño. La posibilidad de poder despejar el deseo de la madre, función que compete al padre, al padre simbólico por supuesto, permitiría a un niño producir una respuesta respecto a lo que él es para ese Otro; dando lugar a su propia construcción fantasmática o, por el contrario, habría la posibilidad de un niño en su estatuto de objeto de goce, capturado en ese lugar, con poco margen de maniobra.

Con respecto al amor

Si bien como indica Lacan, el amor puro y total hacia el niño entra en conflicto, ya que existe un no-todo de la maternidad, en el Seminario 4 plantea que «no puede ser satisfecho, a saber, el deseo de la madre que en su fundamento es insaciable. Se problematiza la idea que un bebe puede colmar a la madre y que la madre debe entregarse a él, se desdibuja el pensamiento de que existe un instinto de amor materno.

Respecto del todo madre, el niño viene como tapón a colmar la falta, se trata de la madre completamente ocupada del niño que hace de él su rehén fálico. En otro extremo, el deseo femenino vuelve a la madre ausente, se trata de una madre que no se ocupa para nada del niño. Al hacer de un hijo el falo es, tal vez entre otras cosas, poder darle un valor libidinal a lo que en principio se presenta como un misterio, pero también puede ser algo que cae, que se pierde, que puede encarnar un desecho.

En realidad, la teorización de la dialéctica fálica deja abierta la pregunta acerca de la incidencia de la posición femenina en la maternidad en tanto que queda reducida a una respuesta a la demanda fálica.

Un paso más se vuelve necesario, y Lacan lo lleva cabo a partir de su introducción del objeto a. Se abre así la clínica que concierne a la relación de las mujeres como madres ya no con el falo sino con el niño tomado objeto causa. Lacan afirma que el niño le da a la mujer «inmediatamente accesible, lo que le falta al sujeto masculino: el objeto mismo de su existencia, apareciendo en lo real».

Es decir, la experiencia única de reconocer en el objeto de su amor la causa de su deseo. El niño amado es causa de deseo, es una parte del cuerpo que se ha cedido —cuando se ha cedido— al campo del Otro, como cualquier otro objeto a. Es un objeto que nos «falta», que nos agujerea, con esa falta deseamos y amamos. El fantasma de la madre como sujeto antecede lógicamente a la posición del niño en la estructura.

Para Lacan existe un deseo en el cual se instala el hijo en determinada posición, es decir, para Lacan la mujer por su deseo determina la posición que va a tomar frente a su hijo y el modo cómo cuidará de él.  El niño puede encontrarse en distintas posiciones en tanto objeto a de la madre y situarse en la neurosis o en la psicosis.

Son claras las referencias de Lacan en las «Dos notas sobre el niño», al plantear la diferencia entre síntoma en el niño como respuesta al síntoma de la pareja parental o a lo que hay de sintomático en la estructura familiar, de aquellos casos en los cuales el niño realiza el fantasma materno.

Ubica allí al niño como objeto condensador de goce dando lugar a la clínica de la psicosis en la infancia. Diferencia crucial entre responder y realizar, de incalculable valor para la clínica: responde como sujeto en la neurosis , realiza como objeto en la psicosis.

Cuando interviene la articulación de la pareja conyugal el niño ocupa el lugar del síntoma –solidario de la neurosis–, que implica la presencia de una madre atravesada por la falta que dé lugar al significante del Nombre del Padre, y de un padre que vectorice la transmisión de un deseo que no sea anónimo.

Pero también puede quedar expuesto a todas las capturas fantasmáticas maternas por falta de mediación paterna; o volverse un objeto real como para la madre del esquizofrénico, condensador de goce, que realiza la presencia del objeto a en el fantasma materno, y al hacerlo, obtura la castración materna y sutura su falta como mujer aportándole un complemento de ser.

En R.S.I. Lacan establece que la posición disimétrica entre la mujer y el hombre en tanto padres determina la posición reservada al niño. El hombre debe hacer de la mujer la causa de su deseo para asegurar una versión del padre (padre-versión), que no se limite a la transmisión del falo en la metáfora paterna a partir del Nombre del Padre  sino que dé una versión de lo que es el objeto a. La mujer, por el contrario, se ocupa de otros objetos a que son los niños, sin por ello cristalizarlos en su fantasma como objetos de goce sino desde una estrecha relación con la falta.

Sólo desde la falta puede surgir el amor verdadero de dar lo que no se tiene pero para eso hay que suponer un sujeto en el hijo que primeramente viene como objeto.

La temática de la madre se desplaza así del amor —qué efectos tiene su amor sobre el hijo— a la del deseo y el goce, qué lugar tiene en su deseo y cómo se articula a su goce. La feminidad de la mujer que hay en cada madre podrá mostrar su cara feroz, caprichosa y omnipotente .

Si el deseo de la madre no está condicionado por el de la mujer, puede ser vivido por el niño como una voluntad sin Ley que impide la separación La función materna se ejercerá pues desde la falta, «algo que se ausente de su presencia misma» que es lo que permite que el niño pueda hacer síntomas con los cuales hacer una vida vivible.

El camino entre el exceso y el déficit, entre en exceso de presencia o el exceso de ausencia, es un síntoma que remite a las dificultades de una mujer para integrar a la madre y a la mujer (Lacan, 2014).