Publicado el 16/01/2026

Genocidio social

«Genocidio social», es la destrucción sistémica y sistemática de la condición social de capas crecientes de la población, sean clases medias o bajas, condenándolas a una precariedad de supervivencia o arrojándolas a la exclusión social. El sociólogo Daniel Feierstein lo sitúa en prácticas que arrasan la identidad social correlativa a las relaciones sociales dadas por la inserción en el sistema y además eliminan la autonomía individual.

Si hablo de genocidio social y no de crisis, es porque no está producido por la crisis. Está impuesto aceleradamente por políticas neoliberales deliberadas y no es consecuencia directa del crash financiero de 2008 en Wall Street y la City londinense.

Como no tengo tiempo aquí de argumentar lo que tantos estudios demuestran de la coalescencia entre políticas neoliberales y estragos del capitalismo financiero, desde los 80 hasta el estallido de su burbuja en 2008, y ahora en la recesión que agravan, solo os citaré la viñeta del Roto que lo resume: «La operación ha sido un éxito, hemos logrado que parezca una crisis lo que ha sido un saqueo». «Un discurso pestífero enteramente al servicio del discurso capitalista», este vaticinio de Lacan en el 72, me parece se puede aplicar al cinismo y la corrupción de los gobiernos dominantes.

También con términos de Lacan, diría que los impactos subjetivos del actual genocidio social están causados por los retornos de lo real del discurso capitalista, en ese falso y pervertido discurso del Amo que no inscribe su real como imposibilidad. Que nada es imposible en el discurso capitalista lo prueban los poderes políticos que en su pestífero discurso realizan el rostro mas inhumano del capitalismo cuando éste requiere que su sed de beneficios rentistas succione la condición social de la gente a la que dejan exangüe en sus vidas. El significante PIGS (cerdos) que juntó las siglas de los países de Europa del Sur, indicaba bien en que cochiquera iban a sumergir desde 2008 a estos países.

Lo real de ese sacrificio impuesto por el poder político-financiero que nos gobierna despoja ahora a los individuos de su anterior estatuto en el discurso capitalista de productores y consumidores que mantenía la máquina del capitalismo de producción. Como dijo el nada tonto inversor capitalista Warren Buffet, los activos financieros han sido «armas de destrucción masiva de la economía capitalista productiva» y las políticas salvadoras de la quiebra de los poderes financieros las generadoras de precariedad o exclusión social para la población.

Entendamos, lo primero, con el psicoanálisis que los sujetos en sus estados de malestar están doblemente condicionados por la identidad social dada —o exterminada— por el capitalismo y por el ser sintomático particular que se cifra en el inconsciente que afecta a los individuos como sujetos.

El capitalismo de las últimas décadas imponía realmente a los individuos proletarizados el síntoma social no tener discurso alguno con el que sostener un lazo social. Este fue el diagnóstico de Lacan en el 74. Pienso que fue la primera práctica social genocida del discurso capitalista acelerado por las políticas neoliberales que dejaba a los individuos en anonimato y soledad. Ahora, desde las apresuradas políticas decididas tras las crisis financiera de 2008, se les impone algo aún peor, ya no solo la carencia de lazo social sino —otra vuelta de tuerca— la devastación de la identidad social individual, vuelvo a decirlo, precarizándola o reduciéndola a la segregación de ser objetos de desecho del sistema: desahuciados de él, o sin futuro en él.

El shock, lo traumático de ese real se experimenta en los afectos que produce en los sujetos, no su particular condición de sujetos de un inconsciente, sino la creciente pérdida de su condición social.

Por tanto, voy a hablar ahora solamente de lo que en nuestra práctica psicoanalítica y en otros lugares podemos acoger de esos afectos impuestos y de sus incidencias subjetivas. Cierto es, lo comprobamos en la clínica, que no son separables de los malestares añadidos por las patologías particulares, pero hoy aquí hablaré del estado de malestar que no es responsabilidad de los sujetos en su modo sintomático de gozar de su inconsciente, sino de los gobiernos.

Está la angustia, afecto de lo real del viviente en su cuerpo, de un real excluido de lo Simbólico. No es ya tanto la angustia ligada al agujero del goce, en la falta-en-gozar producida por los plus-de goce mercantilizados o al sinsentido de la vida, sino mas una angustia como incertidumbre por la radical falta del Otro que respondiera de la existencia del sujeto. Es la sensación de la amenaza del sin futuro alguno de su vida. Es una angustia que se acompaña de impotencia subjetiva al no poder hacer nada en la soledad del individuo para asegurarse un empleo o anticipar llegar a fin de mes sea estrechando los gastos personales y familiares.

Angustia e impotencia en el desamparo social derivan, con el ingrediente de las ideaciones fantasmáticas neuróticas, en toda clase de miedos que ofuscan al sujeto. Pero ha estado también el miedo impuesto por las mentiras con las que los políticos neoliberales han sugestionado a los sujetos para encubrir sus exacciones. Es lo que el sociólogo Gil Calvo ha llamado «la política de la intimidación punitiva» de la que es abanderada Merkel. Es promover un miedo distinto del que siempre han alimentado los populismos. El que los populismos cultivan es miedo y odio al otro como otro, al goce del Otro. Mientras que los políticos neoliberales europeos inducen el miedo y el odio a nosotros mismos haciéndonos culpables de nuestra precariedad económica y social. Se ha proclamado en la cruel ironía del «habéis vivido por encima de vuestras posibilidades», «se acabó la fiesta» y «ahora os tragáis la amarga medicina», el sacrificio expiatorio. Cruel ironía pues primero con una mano que se pretendía limpia se ha incitado al endeudamiento crediticio a pagar con el trabajo y al consumo de goce rentable para las empresas y a continuación sacar la otra mano, la sucia, para culpar al endeudado y «austerizarlo».

Pero como las mentiras con las que se aplica el «austericidio» ya han sido más que desveladas, cada vez menos gente se deja culpabilizar por tales falacias, sabiendo que el agente culpable de su devastada condición social es el entramado de poder político-financiero que nos gobierna, el que el economista greco-australiano Yanis Varoufakis, en su libro «El Minotauro global» llama la «quiebrocracia» que gobierna Europa: el poder de los bancos en quiebra, que los gobiernos salvan para rescatar con el dinero público a los agentes de la crisis.

No por ello los sujetos no padecen de derivar la angustia y el pánico causada por ese real, que aterra, ajeno a ellos, en hacer recaer la causa en ellos de otro modo, de donde tantos miedos y sentimientos de falta personal en estados depresivos. Responden al imperativo de «soporta cualquier situación laboral por penosa que sea», pues «no hay alternativa, o eso o nada, al paro» y al imperativo de reservar los recursos propios solo para cubrir las necesidades y de renunciar a los objetos del deseo que harían más llevadera la vida.

Los estados depresivos al hundir al ser deseante en nula valía, al tiempo que los Ideales mortificantes del éxito social hacen fracasar la imagen del yo, van de par con la deflación del ser de goce fálico con el que se inflaba el deseo en el narcinismo inducido por tener que ser individuo competitivo en el sistema.

¿No estaría hondamente deprimido aquel al que se le cierran las posibilidades de hacerse valer en el mercado de trabajo, en empleos que no corresponden a su nivel de formación, obtenido con sus esfuerzos y los jóvenes con los de sus familias? ¿y no más aun los mayores arrojados al paro —que llega ya al 27% de la población— como único futuro y a la pérdida del derecho a una jubilación?.

Un inciso: no olvidemos que los Estados europeos se mantenían sin apenas deuda pública, a diferencia de Estados Unidos y que el dinero público, el pagado por los impuestos y las cotizaciones a la Seguridad Social de los trabajadores, se invertía para mantener los derechos sociales básicos adquiridos por las democracias europeas: el derecho a la vivienda, a la sanidad, a la educación, a la jubilación, a la asistencia social de los discapacitados, a la justicia. España, por ejemplo tuvo superávit público en 2007, y no solo por la burbuja del «ladrillo», mientras ahora se la arruina múltiplemente: con el saqueo del dinero público para recapitalizar los bancos en quiebra ; con dar rentabilidad de negocio a empresas en la privatización de los servicios públicos; con las especulaciones rentistas del mercado financiero que aumentan la deuda pública con el pago de salvajes intereses etc. Leo en el periódico El País que la deuda pública en España se acerca ya al 84% del PIB y sumando pasivos brutos que rondan el 100% del PIB. Ruina múltiple que agrava la recesión económica y aumenta el desempleo día tras día.

¿A eso llaman «política anticrisis» cuando además de nefasta para la economía desmantela los derechos sociales tan a duras penas alcanzados «por cortesía del contribuyente» como dice irónicamente Varoufakis y en nada don del capitalismo que así solo aparentaba rostro humano?

«Los desahucios unen a los votantes de todo signo político» leo también hoy en la encuesta publicada por el periódico, al igual que las manifestaciones, las luchas de las mareas en defensa de los servicios públicos (especialmente sanidad y educación) no llevan mas signo político que los colores de los que se reúnen por padecer las pérdidas de sus distintos derechos impuestas por el poder político, en masivo rechazo a partidos y no quedándose aislados, solos, en sus particulares afectos.

Es que hay otros afectos de la irrupción de lo real cuyo impacto quiebra a los sujetos. El que más quiebra la creencia en el Otro simbólico es la ira, ya general. La ira, la cólera, nos dice Lacan está ligada a lo real en cuanto que desbarata la trama simbólica en la que se sostenía el sujeto. Diría que en la ira el sujeto está afectado por perder la significación de lo que esperaba le represente en el mundo, al descubrir que carece de las «clavijas» para hacer encajar lo propio en los «agujeritos» del orden simbólico del Otro.

Quiero subrayar aquí que la indignación no es la cólera. La cólera es un afecto y la indignación es una posición subjetiva, la del que responde como sujeto en lo personal y en lo social al verse in-dignado, despojado de su dignidad subjetiva por la degeneración del significante Amo del poder político tecno-capitalista. Manifestar la indignación, pienso con Lacan, es negarse a ser reducido a lo innoble de un ser que tendría que tragarse la vergüenza de vivir sin el valor dado por los significantes que lo identificarían en su dignidad subjetiva. Al compartir con los otros la reacción de la indignación adquirimos las letras de nobleza que nos procuran incidencia social y nos sostienen en lo personal.

La indignación subjetiva es también el primer modo de separarse del afecto de vergüenza, afecto social por excelencia. Es no quedarnos enmudecidos por efecto de la angustia o la vergüenza. Hablo de la vergüenza impuesta en lo social, la de verse visto en lo más íntimo del ser de objeto al que el sistema reduce a tanta gente. La vergüenza del precarizado o excluido por el sistema es correlativa del mal infamante del ser propio que el sujeto proyecta en la mirada del Otro social. Es la vergüenza que aflige a los que con cabeza gacha piden ayuda o por vergüenza no la piden.

Los testimonios de esa vergüenza difícil de confesar me recuerdan a los de los judíos cuando se veían por las calles o en sus anteriores ámbitos de vida con la estrella amarilla que los exhibía como seres a execrar por los no judíos.

La vergüenza impuesta es ahora sin estrella, es la de los estrellados por el sistema. La vergüenza esconde el ser en el desprecio de sí. La indignación denuncia lo desvergonzado de nuestros gobernantes. La vergüenza es un afecto «éxtimo» y proporcional en el ámbito de los próximos a la idea de que el otro que me mira no quiere saber nada de que podría estar habitado también por algo vergonzante. «Es una vergüenza», clamamos, la vergüenza de lo que del Otro del poder rechazaríamos en nosotros mismos. Sabemos que el que no se avergüenza de nada es el cínico y nos indignamos del cinismo de los gobernantes.

Pero con o sin indignación, los afectos de lo real impuesto se condensan en la pérdida subjetiva de la capacidad de hace frente a ese real para tener las riendas de una identidad subjetiva y social. Es lo que a mi entender el estudio realizado por el psiquiatra-psicoanalista Josep Moya y colaboradores en Cataluña recoge en sus estadísticas como el máximo malestar de los sujetos asistidos en salud mental y servicios sociales : el de la «pérdida del control de la vida». No es asunto de goce, de la falta en gozar producida en el individuo inserto en el capitalismo. Es asunto de la falta real de recursos subjetivos para vivir, sea sobrevivir.

De hecho, ni de esos jóvenes que tanto se los tachaba de hedonistas, oímos indignación por perder los goces de consumo, no se quejan de los escasos que les quedan de muy bajo coste. La oímos por perder las oportunidades de empleo, en las crecientes desigualdades sociales, por ser condenados a trabajos basura o a ninguno, en el paro que condena ya a mas del 57% de los jóvenes y los empuja a emigrar como única salida a intentar. Lo que ahora mas indigna y duele en lo social es que el que se muere de vergüenza puede optar por el acto suicida del sujeto que se mantiene en su honor antes que ser desahuciado.

Entendamos por qué en la Gran Depresión americana se suicidaban los banqueros que como hombres de honor preferían la muerte a la ruina y ahora no, se suicidan los desahuciados.

Lo dicho de cómo afecta a los sujetos el genocidio social del que son víctimas es también aviso a psicoanalistas que aún pensarían que podrían interpretar como síntomas particulares, como modos sintomáticos de los sujetos de gozar de su inconsciente en su personal malestar, lo que son la adversidad de las emergencias de un real peor que el síntoma social del proletario al que el capitalismo reducía ya a los individuos, de lo que es ajeno a lo real sintomático del inconsciente de cada sujeto. Claro que los malestares particulares de los neuróticos se añaden al estado de malestar impuesto en lo social pero solo son tratables en el discurso analítico para aquellos que entran o pueden seguir en él como analizantes.

Lo que el estudio citado en Salud Mental propone con claridad es que los sujetos solo salen de su impotencia individual y su indignidad social si a través de prácticas en red, en las que intervengan los profesionales de salud mental y servicios sociales con la participación activa de los usuarios, se tejen con ellos lazos de cooperación.

No es otra cosa lo que en los movimientos sociales emergentes en el 15-M y desarrollados por mareas y otras plataformas colectivas se denomina «empoderamiento» : hacerse con un poder sobre la propia vida vía los lazos en red creados junto con los otros, es re-hacerse como sujetos sin dejarse abolir en su fuerza moral para luchar por su dignidad subjetiva construyéndola en lo que esos vínculos sostienen.

Afirmaría que las redes de indignación solo pueden ser de esperanza, si en vez de hundirnos solo y solos en la desesperación, actuamos en políticas en red, al menos para reconocernos unos y otros, psicoanalistas incluidos, como congéneres.

Los psicoanalistas, dentro del discurso del analista, estamos unidos a los analizantes por lo que Lacan llamó «una fraternidad discreta». Pero aquí hablo de lo que no puede entrar el discurso del analista, de su revés.

Reconocernos en lo común, pero ¿de qué género?. Diría que del género del que aventura algo de su deseo en lo común de estar afectados por el genocidio social producido por la degeneración del significante Amo del poder político-financiero. Sabemos que los deseos y sus singulares causas subjetivas en los «dispersos desparejos» que somos los seres hablantes son diversos y variables, pero pueden reunirse en alguna acción colectiva.

«Género» tiene la misma raíz latina que degeneración. Degenerar significaba en latín «desdecir del género, del linaje». Pues genus-generis significaba «linaje, especie, género». De donde proviene «congéneres», aquellos que se reconocen por ser de la misma especie, es decir del «linaje» del ser hablante, el que le confiere su significante dignidad subjetiva, por variable que sea su deseo.

Bien dicen los médicos luchadores en la defensa de la sanidad pública, que lo hacen no por reivindicaciones económicas sino por su dignidad de médicos, la de su vocación.

Terminaré diciendo que en lo social, lo que se opone a la degeneración política que nos desdice como sujetos, es «decir de nuestro linaje de congéneres» de nuestra dignidad subjetiva a forjar reconociéndonos juntos en lazos sociales. Lo cual requiere un poco de generosidad de deseo. «Generosidad» es término que tiene también su raíz en la definición latina de «género».

Así, mientras los retornos de lo real del discurso capitalista que actualmente nos afecta, degenerando, hasta apuntar a exterminar la identidad social, sin demostrarse imposible, es con generosidad, la propia y la de los otros, que podemos rescatar nuestro ser de deseo y sostener la dignidad subjetiva. Lo cual no va sin pagar algún precio personal de goce frente al rescate de los capitales financieros que sacrifica nuestras vidas. Eso es menos trabajoso que agotarnos en nuestro ser de goce de objetos del Superyo capitalista, de objetos del goce del Otro de los implacables significantes Amos que con el saber tecno-mercantil nos produce como objetos y ahora segregando a muchos de la homologación universalizante de un género sin dignidad humana. Con el Lacan de mayo del 68, diré que de la sumersión capitalista universal, y de la reducción del saber al oficio del mercado, solo se puede salir con la subversión que el sujeto puede imprimir en un deseo ajeno en lo social al sistema.

Citaré algo dicho por Lacan en su escrito sobre Gide: «el secreto del deseo es el secreto de toda nobleza».