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Estructura del habla
Para inscribirme en el marco de vuestro seminario y para iniciarlo, pensé en abordar de un modo quizás un poco nuevo para vosotros la cuestión de la estructura del habla y del lenguaje desde la última etapa del semanario de Lacan. Si al inicio Lacan consideraba el asunto únicamente desde el punto de vista de la lingüística, poco a poco despejó la función de la voz en el habla y gracias a su teoría borromeana, él logró ubicarla en el centro de la red que estructura la realidad del ser hablante o sea el enlazamiento de los tres registros de lo real, lo simbólico y lo imaginario. Todos nos hemos enfrentado a esas tres vertientes del habla, aunque no lo recordamos justamente debido a la trenza que enlaza real simbólico e imaginario.
Comenzaré con una reflexión sobre la función de la gramática en el lenguaje.
La práctica de una lengua extranjera nos muestra que la gramática es una dificultad en la articulación correcta de una lengua, pero es evidente que no es mediante el estudio de su gramática como se aborda su aprendizaje. La gramática de la lengua materna no se aprende, se integra poco a poco, se incorpora y solo después se pueden descubrir las reglas que, a menudo, nos dan la impresión de estar ahí para justificar los caprichos del uso del lenguaje. Pero cuando uno sale de la comodidad de su lengua materna para articular otra, se necesita tiempo para incorporar su gramática, por lo que hay que vigilarse a uno mismo, como decía el escritor israelí Aaron Appelfeld sobre el aprendizaje del hebreo. Cioran no decía otra cosa cuando hablaba de la gramática francesa, que utilizó para poner un límite al goce que le desbordaba en su lengua materna. Por lo tanto, vigilar la gramática sería un pretexto para vigilar el goce primario del leguaje, lo que Lacan solía nombrar lalengua. Siempre me ha llamado la atención el hecho de que algunos niños autistas, completamente mudos, que se negaban a emitir el más mínimo balbuceo, puedan, en ocasiones, articular frases totalmente correctas e incluso hacer declaraciones rebuscadas. Lo que parece indicar claramente que han integrado los requisitos estéticos de la gramática. Es como si, en su caso, lalengua y la gramática estuvieran curiosamente entrelazadas al margen del sentido común de la lengua hablada por todos. Esto me llevó naturalmente a intentar reflexionar sobre la relación estructural entre lalengua y la gramática. Tengo que aclarar que yo sitúo lalengua como siendo lo real de la lengua. O sea lo que oímos del habla antes de que lo podamos entender. Si bien es fácil situar lalengua del lado de lo real, espontáneamente habría pensado que la gramática, con sus reglas, representaría el lado simbólico de una lengua. La lectura de Jean-Claude Milner me llevó a poner en duda esta hipótesis. En El amor de la lengua escribe: «La gramática representa la lengua, pero no mediante una escritura simbólica; más bien construye una imagen de ella: la exigencia de completitud adquiere entonces un matiz imaginario y se traslada en términos de totalidad… por eso solo concebimos la gramática como completa. La lengua, por su parte, adquiere la consistencia propia de lo imaginario y su totalidad es la de un fantasma».
Por lo tanto, la gramática se situaría más bien como lo que da consistencia al lenguaje y participaría más de lo imaginario que de lo simbólico. Queda por determinar qué constituye las coordenadas simbólicas de una lengua. Si lo simbólico representa la ley, no hay que olvidar que una ley se promulga y se aplica más que se explica. El registro simbólico de una lengua se basa en el hecho de que en algún lugar está escrito cómo se debe hablar. Pero esta prescripción solo se justifica por el uso común, que es precisamente lo que permite que la lengua evolucione. La gramática solo sirve para dar sentido a lo que constituye la ley en el uso común de la lengua. Es en esto donde le da una consistencia que, en realidad, es solo imaginaria.
Por lo tanto, tendríamos que considerar el lenguaje como la articulación de tres órdenes: lo real de lalangue, lo simbólico de su uso compartido por todos los que lo hablan y lo imaginario de su gramática, que le confiere una aparente consistencia y abre el camino al extranjero que desea hablarlo correctamente. Al tratarse de una estructura borromeana, debería poder demostrarse que cada registro puede garantizar la articulación de los otros dos y que, por lo tanto, dos registros pueden funcionar como límites para el tercero.
- Sitúo Lalangue en el lado de lo real, que se opone al sentido.
- El uso común de la lengua que rige, lo que podríamos llamar «el hablar», lo sitúo en el lado de lo simbólico.
- Y luego está la gramática, que garantiza la consistencia de una lengua y, tras leer lo que decía Milner al respecto, la he situado del lado de lo imaginario.
He de decir que, tras hojear el primer volumen del ensayo sobre gramática de la lengua francesa de Damourette y Pichon, se confirma la hipótesis de la función imaginaria de la gramática. Estos dos autores nos demuestran que la lógica gramatical no hace más que seguir, en realidad, los caprichos del habla, cuyo uso es ley. Dicho esto, atribuir a la gramática una función en lo imaginario no la descalifica en absoluto, ya que así da consistencia a una lengua. La gramática nos proporciona una estructura a partir de la cual podemos pensar. Esta estructura se incorpora a medida que se aprende una lengua. Es un proceso que, en gran parte, es inconsciente. A priori, uno no sabe que su pensamiento está condicionado por la estructura gramatical de su lengua materna. Quienes hablan varios idiomas saben bien que no se piensa exactamente igual cuando se habla francés, español o inglés. De ahí el interés de hablar varios idiomas, ya que amplía el campo del pensamiento.
Si los gramáticos consideran que la gramática es la estructura inconsciente del lenguaje, creo que nosotros podríamos evocar el cuerpo del lenguaje y considerar que este cuerpo del lenguaje se incorpora. De ahí se deduce que el cuerpo no resuena con el puro sinsentido, con el galimatías del lenguaje; es necesario que las palabras se integren en la textura del cuerpo del lenguaje. No basta con alinear una serie de palabras sin sentido para crear emoción poética.
En su ensayo titulado «Ocho preguntas sobre poética», Jakobson habla de la gramática de la poesía y de la poesía de la gramática. Entonces, tal vez podríamos considerar que si un poema resuena en nuestro cuerpo, es a través del cuerpo del lenguaje que lo estructura. De ahí la dificultad de traducir un poema. Sin embargo, algunos se han atrevido a intentarlo.
Quizás podríamos ponernos de acuerdo distinguiendo entre traducción e interpretación. Me parece perfectamente concebible que se pueda interpretar un poema involucrando el cuerpo, como en cualquier interpretación, y prestándole el cuerpo de la lengua materna. Traducirlo es otra cosa y, a priori, no le veo el interés, ya que reduciría el poema a una articulación de significados y se perdería el sonido. Me parece que cuando Lacan retoma el Unbewusst freudiano para hacernos oír une bévue, una equivocación, no traduce, sino que interpreta, lo que pone en juego su oído y el cuerpo de su lengua materna: el francés.
Unbewusst traducido, significa exactamente lo inconsciente como aquello que no es deliberado, lo que no es intencional. Pero al hacer resonar este Unbewusst alemán en nuestros oídos franceses, se pone de manifiesto que el inconsciente solo se entiende en el error, el fracaso, el malentendido. Y curiosamente, es totalmente cierto. Esto significa que, en la transposición homofónica de una lengua a otra, se transmite algo que la mera traducción habría perdido.
Pero volvamos a la hipótesis de Milner, que atribuye a la gramática la función imaginaria de una lengua. Es cierto que la lengua francesa se enorgullece de tener una gramática muy compleja. En el seminario SXXIV, Lacan habla así de nuestra lengua: «Solo porque tenemos el gusto y la práctica de la lengua francesa la consideramos superior. No tiene nada de superior a nada. Si fuera mejor, podríamos decir lo que Dante afirma en algún lugar, lo expresa en un escrito que hizo en latín: Nomina sunt consequentia rerum. Los nombres son consecuencia de las cosas. Si las palabras son consecuencia de las cosas, esto solo puede entenderse en la medida en que las palabras y las cosas mantienen una relación estructural gracias a lo que Lacan nombra consecuencia. Las palabras estarían relacionadas con las cosas que representan por un vínculo de consecuencia. Lo que creo poder escribir así. Sin prejuzgar la naturaleza de este tercer término que asegura que los nombres estén en una relación de consecuencia con las cosas.
Sin embargo, hay que reconocer, como dice Lacan, que «el ser hablante tiene esa forma de hablar tal que nomina non sunt consequentia rerum, no solo los nombres no son consecuencia de las cosas, sino que podemos afirmar expresamente lo contrario». Esto implicaría que las cosas son consecuencia de los nombres que les damos, lo cual está por verificar, pero creo que puede significar que la forma en que nombramos una cosa tiene un efecto en la forma en que la comprendemos, la pensamos o incluso en la forma en que la utilizamos. Aquí entramos en la cuestión de la nominación. En el mito judeocristiano de la creación del mundo, Dios crea las cosas, pero es Adán quien les da nombre. Este mito no se funda en nada. Siempre hay algo performativo en la palabra. En cualquier caso, en el psicoanálisis se puede comprobar que la forma en que se le ha nombrado no es ajena a lo que ha llegado a ser. No olvidemos que el psicoanálisis parte de la constatación de que los nombres y las palabras impactan el cuerpo.
La fórmula latina que Lacan cree atribuir a Dante es, en realidad, una referencia al emperador Justiniano, apasionado del derecho, quien redactó el código conocido como Justiniano, elemento esencial del derecho romano. En este código se dice que los nombres deben ser consecuencia de las cosas. No siempre es así, por supuesto, aunque solo sea porque toda lengua está compuesta por significantes y no por signos. Pero, si lo miramos de cerca, Dante no habla como jurista, sino como poeta, ya que, según él, la palabra, en su sonoridad, da testimonio de la influencia de la cosa.
El nombre de Amor es tan dulce de escuchar que me parece imposible que su acción pueda ser otra cosa que dulce, porque los nombres corresponden a las cosas nombradas, según está escrito: Nomina sunt consequentia rerum. Dante se refiere, pues, al hecho de que en la palabra «amor» percibe sonidos que se corresponden con la cosa llamada «amor». Lo que le interesa es, por tanto, el aspecto fónico del significante; según él, el nombre participa de la cosa por su dimensión fónica. Se trata de un punto de vista esencialmente poético. Esto sitúa a la fonética del lado de lo imaginario para garantizar la relación entre el nombre y la cosa.
Se observa que la fonética de una palabra contribuye a su relación con el objeto al que designa al introducir la dimensión imaginaria. En realidad, esto no es nada sorprendente, ya que el sonido a menudo evoca una imagen; de hecho, hablamos de imagen sonora.
El sonido puede crear una imagen, sobre todo cuando se desvincula del significado. Esto nos permite comprender el alcance de la ambigüedad. Si dos sonidos son demasiado similares, asociarán la palabra con otra cosa.
Al fin y al cabo, este vínculo entre la palabra, el objeto y su imagen sonora es muy inestable, y menos mal. «Nomina non semper sunt consecuencia rerum», tendríamos que decir. Esto permite el juego de palabras, la ambigüedad, la poesía, es decir, disfrutar un poco del lenguaje.
Pero sin duda esto no es algo que todo el mundo pueda dar por sentado, ya que, como saben, esta cadena puede fallar debido a un error en su escritura. Cuando hablo de un error de escritura, me refiero a un error en el anudamiento de los tres registros real simbólico e imaginario. Eso remite a un manejo del nudo borromeo que no tengo tiempo suficiente para desarrollar. Basta con que sepan que una falla en el nudo puede llevar a que dos redondeles se enlacen dejando suelto el tercero.
Supongamos un error en la escritura del nudo que encadenaría directamente las cosas con su nombre y dejaría escapar la dimensión fonética, por ejemplo. La palabra equivaldría a la cosa. No habría lugar a equívocos. Esto es lo que se observa en la psicosis y, en particular, en la esquizofrenia, donde las palabras se tratan como cosas.
Ahora supongamos otro error en la escritura de la cadena que haría que la palabra se encadenara con su sonido.
La palabra solo tiene valor por su calidad sonora, lo que la expone a todo tipo de relaciones metonímicas. Sin duda, esto es lo que podría explicar el habla del sujeto en estado maníaco. Las palabras están totalmente desvinculadas de las cosas y solo se articulan entre sí por sus características fónicas.
Quedaría por examinar el caso en el que es el sonido el que prevalece en la relación con la cosa. Es el caso de la onomatopeya. La onomatopeya imita el sonido producido por una cosa. Pero esto se queda un poco corto.
Me parece que este tipo de atajo es también el que debe dar el niño cuando aprende a hablar. Antes de poder aislar una palabra mediante la lectura y la escritura, asocia la cosa con el sonido de la palabra que la designa, pero esto supone que imita al Otro, que sabe hablar y, por lo tanto, asegura la conexión entre la palabra y la cosa. Por lo tanto, en este caso no se puede decir que no se establezca el vínculo entre la palabra y la cosa. Lo establece el Otro.
Pero volvamos a la configuración habitual, en la que el sonido participa en la relación entre la palabra y la cosa.
Al situar el sonido en el plano de lo imaginario y no en el de lo real, como yo lo hubiera pensado en un primer momento, destaco el hecho de que el sonido de una palabra contribuye al significado. Estamos acostumbrados a oponer el significado y el sonido. Es un error que Jakobson corrige. No habría ninguna ambigüedad posible si el sonido no participara en el significado.
Es porque el sonido participa en el significado por lo que hablamos de significante. El significante está compuesto por materia sonora, es una articulación de fonemas.
Dicho esto, en sus «seis lecciones sobre el sonido y el significado», Jakobson nos señala que no hay que reducir el fonema a su sola realidad sonora. Basta, nos dice Jacobson, con pensar en nuestro discurso interior. «Nos hablamos a nosotros mismos, sin emitir ni oír sonidos. En lugar de pronunciar u oír, nos imaginamos pronunciando u oyendo. Las palabras de nuestro discurso interior no se componen de sonidos emitidos, sino de sus imágenes acústicas o motoras». Este concepto de imagen acústica es muy interesante.
En primer lugar, observo que es una realidad. Podemos imaginarnos dialogando con un interlocutor, por ejemplo, sin necesidad de emitir ningún sonido. Además, en nuestros sueños se habla, pero el soñador normalmente permanece en silencio. También puede ocurrir que en algunos sueños veamos palabras escritas. La imagen acústica implica que el sonido del significante se representa en el imaginario vinculado a la cosa y a su representación simbólica. Entonces sé que soy yo quien se imagina hablando con mi interlocutor o bien imagino que es él quien me habla.
En cambio, si el sonido se desvincula de ese nudo, entonces se percibe como un sonido real pronunciado sin saber de dónde, y el alucinado tendrá que hacer un gran esfuerzo para amarrar ese sonido incongruente en un nudo delirante.
En la psiquiatría, distinguimos entre un pensamiento que un sujeto puede experimentar como impuesto, parasitario —es una rumiación— y una alucinación, que es un fenómeno acústico. El alucinado no fabrica una imagen acústica, ni se imagina a sí mismo hablando; realmente oye una palabra pronunciada como si proviniera del exterior. Lo que caracteriza a la alucinación verbal es que, a menudo, se trata de la aparición de un significante aislado, desvinculado de cualquier contexto. Deja perplejo al sujeto, que solo entiende una cosa: que va dirigido a él. Y como el significante puede dar lugar a todo tipo de significados, el psicótico lo integrará en el sentido de su delirio, mayoritariamente paranoico.
Lacan nos dice que lo que caracteriza a la paranoia es que la voz se sonoriza. Con ello quiere decir que, normalmente, la voz no es un objeto sonoro. Esto no es fácil de admitir, porque tendemos a asimilar la voz al material sonoro del significante. Por lo tanto, voy a intentar desentrañar esta paradoja. Lacan dedujo su concepto de la voz a partir de los estudios de Reik sobre el ritual judío. Todo se basa en la idea de que la voz de Dios es inaudible, debe ser traducida por Moisés en la Torá. Pero en el ritual judío, cada vez que se exhiben los rollos de la Torá, se acompaña este ritual con el sonido del shofar, que para Lacan representa lo que de la voz de Dios queda al margen de la escritura del pacto celebrado con su pueblo. El Otro de la ley no puede, por tanto, responder de la voz. No es garante de ella. Por lo tanto, constituye un vacío en el corazón del Otro.
La voz está en el Otro, ya que es material significante, pero siendo sobras insensatas, la voz escapa a la naturaleza de ese Otro que es el garante del sentido. La voz es, por lo tanto, un paréntesis, un hueco en el Otro. Es este hueco en el Otro el que deja espacio para el malentendido, espacio para el deseo en los dichos del Otro, dado que el deseo es lo que solo se puede decir entre líneas. Pero también es preciso que el sujeto admita que se puede entender otra cosa en lo que se dice. Lo que Lacan enuncia así: «hemos de incorporar la voz como alteridad de lo que se dice […] Una voz se incorpora, eso es lo que le puede dar una función para modelar nuestro vacío». El término «incorporación» no se ha elegido al azar. Lacan precisa que no se trata de una asimilación. La incorporación es un término freudiano. Caracteriza la primera identificación que se produce en forma de devoración caníbal: comemos a aquel en quien queremos convertirnos. Es una identificación que precede al sentido. Es totalizadora, no se refiere a un rasgo significativo extraído del Otro.
En su desarrollo, Lacan hace referencia a un pequeño crustáceo que se introduce unos granos de arena en el oído interno para poder equilibrarse. También hace referencia a la resonancia del tubo de órgano, que resuena con el aire tomado del exterior, pero cuya frecuencia de sonido emitida solo depende de su longitud. No puede emitir otra nota.
Habrán notado que, para Lacan, la incorporación de la voz modela el cuerpo en torno a ese vacío. ¿Qué es este vacío? ¿Es un vacío de sonido? No lo creo, es un sonido puro pero vacío de sentido.
Este sonido puro, vacío de sentido, si proviene originalmente del Otro, en condiciones normales, no lo oímos. Porque el sentido nos hace olvidar el sonido. Tenemos oídos, nos dice Lacan, «para no oír, es decir, para detectar lo que debe oírse». Para el ser parlante que ha entrado en la palabra, lo que debe oírse es el sentido. La voz, como objeto vacío de sentido, no se escucha. Y, sin embargo, resuena, nos dice Lacan, resuena en ese paréntesis vacío en el corazón del Otro. Y el cuerpo es sensible a ello. Más allá de los enunciados, resuena en la enunciación que da testimonio de la incorporación de la voz, es decir, que su goce está modulado, enmarcado por la estructura del discurso. La enunciación es la huella de ese objeto incorporado del que no se puede gozar pero que provoca el deseo de quien habla y resuena en quien escucha.
Pero la voz como objeto del que se podría gozar, al margen del discurso, siempre está más o menos dispuesta a soltarse de la palabra para hacerse oír. Se manifiesta en los imperativos del superyó y en las alucinaciones verbales de la psicosis.
Si retomo mi esquema en el que la imagen acústica participa en la conexión entre la palabra y la cosa, entonces creo poder decir que, si el sonido participa en este nudo, ya no lo oímos como sonido, sino que oímos el sentido. Recuerden la frase evangélica: tienen oídos para no oír. Por lo tanto, la incorporación de la voz implica que el sonido queda atrapado en el nudo y desaparece en beneficio del sentido. Me parece que algunas personas que hablan de su momento autista nos dicen que, en ese momento, las palabras de los demás se reducen a un mero sonido que desestructura completamente el lenguaje y les quita las ganas de participar en ese bullicio. Por eso los niños autistas se tapan los oídos cuando se les habla.