Publicado el 16/01/2026

El odio: la pasión estéril

Mi propósito es interrogar, a la luz de la clínica psicoanalítica, la definición lacaniana del odio como pasión del ser, dentro de la tríada que Lacan incluye en las pasiones del ser: amor, odio e ignorancia. «Pasiones del ser las que evoca toda demanda más allá de la necesidad que se articula en ella»1.

Definir el amor y el odio como pasiones del ser no sorprende. Es más sorprendente, sin embargo, que Lacan sitúe la ignorancia como una pasión. Y que la conciba como la pasión psicoanalítica por excelencia, lo cual ofrece una luz distinta para abordar el amor y el odio.

La pasión de la ignorancia no es la mera ausencia de saber, es activa y no pasiva. Es la que surge al hacerse la pregunta por el ser en un querer ser, la que abre al sujeto a una división de si mismo. Nace cuando el sujeto se interroga por lo que es y lo que no es, en relación a la posición virtual de una verdad a alcanzar. La pasión de la ignorancia se sitúa en lo indecible del ser que se ignora, en una llamada al saber que falta. Es pasión que habita así a quien busca activamente la verdad del ser en un saber. Y conduce en último término a la docta ignorancia  , en el sentido que le dio Nicolás de Cusa , la que afronta la finitud de los saberes y lo inconmensurable del Otro y del mundo.

Lacan sitúa las pasiones del ser en un tetraedro, un modo de situar la articulación de los tres registros Simbólico, Imaginario y Real. La pasión de la ignorancia es la arista que hace frontera entre los Simbólico y lo Real, entre el saber y lo imposible, entre lo decible y lo indecible. ¿Por qué tantos hombres de ciencia, animados por una ardiente pasión de la ignorancia, basculan hacia la mística y la religión en un momento dado? Quizás porque confrontados a los límites del saber terminan haciendo de lo indecible objeto de culto y de lo inefable presencia religiosa.

En el amor y el odio —es lo que los separa de la pasión de la ignorancia— no se trata de la relación de un sujeto con el saber. Son otras vías de la realización del ser que ponen en juego la dimensión de la verdad experimentada como sentimiento en el encuentro con la alteridad del otro.

Si traigo aquí la perspectiva de Lacan sobre las tres pasiones del ser, es porque, a mi entender, resuelve algunos problemas teóricos y clínicos de la concepción freudiana. ¿En qué es distinto decir pasiones del ser y no pasiones del yo, que es la definición freudiana? Ya ha sido recordado aquí, por los que me han precedido, la concepción freudiana del odio como algo inherente al yo. Ahora bien, el yo freudiano es complejo. El Ich  de Freud tanto es el sujeto constituido en el orden del lenguaje, en las huellas de la memoria inconsciente, como en otra vertiente el moi , el yo formado en lo Imaginario por las representaciones.

Uno de los problemas que encontramos en Freud es la dificultad en distinguir el amor del narcisismo y el odio de la agresividad. Además, la alienación, la captura especular del sujeto en el yo, reduce la relación entre el amor y el odio a una ambivalencia de sentimientos contrarios (el ejemplo ya recordado que propone Freud de los puerco-espines).

Sin duda —y eso nos lo enseña la clínica— el amor y el odio afloran en el terreno de las representaciones en las que el sujeto forja su yo como lo que cree ser, como su imagen y en las que el sujeto forja lo que puede asimilar de los otros. En ese terreno, inevitablemente, rigen los Ideales que son los que fabrican la oposición entre el bien y el mal, lo bueno del yo, y lo malo que lo contradice, en mí, en el otro.

En el terreno de los fenómenos clínicos y de los sentimientos nos acercamos a las representaciones del yo, pero se nos escapa el secreto, el enigma de lo que da raíz al amor en lo más íntimo de cada uno, y el secreto del odio en el enigma de lo que para el yo es extraño y amenazante para lo íntimo de su ser. Esa intimidad secreta, más acá y más allá del yo, sitúa en la estructura inconsciente del sujeto la relación con su ser en la que se fundan esos sentimientos en su dimensión radical.

Amor y odio

Amar es querer ser amado. Pero eso no quiere decir que todo en el amor es narcisista. El narcisismo es sólo una vertiente del amor, la que se ancla en la fascinación de la imagen o en la idealización. Esa vertiente no es la del amor-pasión, no es activa. El amor es un don activo que pasa por la palabra. Lacan sitúa el amor en la arista entre lo Imaginario y lo Simbólico.

Dicho en otros términos, en la frontera entre el yo y la falta en ser del Sujeto, su carencia nacida en el orden simbólico de la palabra. Amo en el otro, no lo que parece ser, la imagen que se me representa. El secreto del objeto amado es lo indecible del ser que late en él como eco de la verdad que me habita. El amor ama más allá del bien del otro, y si requiero ser amado no es por mi bien. Sin duda hay un tipo de amor que no es pasión, que es un amor de filia, de amistad —en el sentido de Aristóteles— en el que las almas se reconocen. Pero la amistad es amor fuera del eros.

En cuanto al odio, pienso que es importante deslindarlo de la agresividad. Hay odios, los más puros, sin un ápice de agresividad. La agresividad está suscitada por la imagen del otro como rival, contrario, enemigo. Apunta al otro en lo que se me puede representar en él como hostil a la afirmación de mi yo. Pero la oposición del o tú o yo, en el terreno dual, especular, no reduce el secreto del odio. Lacan sitúa el odio en la arista entre lo Imaginario y lo Real. Es decir, que el odio surge en la frontera entre lo representable y lo irrepresentable de una presencia en su inmediatez extraña, extranjera, en mí, en el otro, de la que como Sujeto estoy separado.

Odio en el otro no lo que parece ser sino eso innombrable que es, lo indecible que late en él como extranjeridad radical a la verdad que me habita. El odio no apunta simplemente al mal del otro sino a la destrucción de su ser, incluso más allá de su muerte. Pues el otro, aún muerto, conserva la dignidad de un Sujeto. El odio radicalmente, niega el ser de Sujeto del otro. Apunta a un ser como lo excluido del orden Simbólico que nos hace comunes como humanos, a un ser como resto inasimilable a la subjetividad, objeto a-humano, al que se puede designar como inmundo pues hace mancha en el mundo fabricado por mis representaciones. El ser odiado es el ser del otro que las palabras no pueden alcanzar. Esto se hace patente en el odio de Aquiles del que Carlos García Gual nos ha hablado con su habitual finura. Aquiles en su negación del ser del otro no busca su muerte sino verlo realizado como carroña.

Si el amor es poesía, palabras de amor, las palabras del odio son difamantes e injuriosas.

Sabemos cómo el insulto es la última palabra de un diálogo, cuando las palabras no alcanzan. El insulto rompe la palabra en un intento extremo de designar lo indecible del ser que es ajeno a la verdad. El insulto atenta al respeto, pues el respeto implica el pacto del orden la palabra que debo al otro en lo que nos puede mantener en común en nuestra diferencia.

Hasta aquí he esbozado una reflexión sobre la aproximación de Lacan, en el año 19532 al amor y el odio como pasiones que sitúan el ser que surge en la frontera con lo representable. Resumiéndolo, el amor es pasión que apunta al ser del sujeto que habita en el corazón de lo Simbólico, incluido en su vacío central. El odio es pasión que apunta al ser en lo real, como lo excluido de lo Simbólico.

Ahora, pueden preguntarse ¿ese ser del que nos habla Lacan no nos deja en el oscurantismo? ¿Es el ser de una ontología? ¿Cómo ese ser es asunto de la clínica de las neurosis y las psicosis? Pues ese ser lo vemos más fácilmente en la tragedia griega. Eminentemente en Antígona, «hecha para el amor y no para el odio», ser que ella sacrifica para mantener el ser de su hermano, para impedir que el odio de Creonte lo reduzca a la carroña devorada por los pájaros .

Cuando Lacan introdujo la tríada de las pasiones del ser, en 1953, se apoya en Heidegger. Pero la referencia heideggeriana no esclarece mucho, a mi entender la cuestión del ser en el psicoanálisis, las desgracias del ser del neurótico y la expectativa del ser que es motor de la transferencia. Lo que de esta aproximación lacaniana me parece aportar algo en la clínica es que el ser del sujeto no es su yo, sino lo que se abre y se ahonda en la experiencia de la palabra, que es la vía del inconsciente. Así el ser del sujeto no se confunde con las propiedades psicológicas, descriptibles, de su yo. El ser es surco cavado por el lenguaje en lo real de un ser vivo, corte del lenguaje en un viviente. No hay ser más que por las palabras que nos hacen ser humanos, pero las palabras que nos transportan como sujetos no lo nombran. En las palabras en ser es un vacío o una presencia insondable que ninguna palabra atrapa.

Así, en la clínica psicoanalítica importa distinguir entre las identificaciones y el ser. Las identificaciones inscriben a un sujeto en lo que representa para otro y acomodan las imágenes del yo. Recordemos la hermosa definición freudiana del yo como cementerio de identificaciones. Las identificaciones, en el orden de lo Simbólico, son las marcas significantes, las huellas del Otro familiar que nos dicen quien ser para los otros, pero no dicen lo que ese alguien es en su singularidad.

¿No es lo insondable del ser de cada uno esa singularidad irreductible que hace que nadie puede vivir la vida de otro, el valor único de la vida de cada humano? Precisamente ese ser que los significantes, las identificaciones no dicen, emerge en sus pasiones, amor, odio e ignorancia.

Insistiré en este punto: el lenguaje nos hace humanos y crea nuestro ser, pero el lenguaje, eso es lo trágico o lo cómico según se mire, no dice el ser. Por eso amamos y odiamos. En la clínica veremos que la pasión del ser es por un lado padecimiento, pathos, por el ser que nos falta o nos excede, y por otro aspiración a ser para compensar esa falta. El amor es pasión que realiza el ser del sujeto con el ser del otro, haciéndose eco de su falta. Emmanuel Levinas lo dice así : L’amour vise Autrui, il le vise dans sa faiblesse. Y precisa, esa faiblesse, esa debilidad, «no es deficiencia relativa de una determinación común a mí y al Otro. Anterior a la manifestación de los atributos, califica la alteridad misma»3.

El odio —del que tambien Levinas se ocupa para trascenderlo en su ética de la responsabilidad por el otro— niega el ser de la alteridad para realizarlo como objeto en lo real, que es la aversión del sentido.

Se dice, y no en vano, que el amor da sentido a la vida, que sin amor la vida no tiene sentido. El odio surge ahí donde la vida pierde su sentido, ahí donde el Sujeto se experimenta en su sinsentido.

Me parece oportuno ahora volver a Freud en lo que plantea sobre el odio.Fijémonos en que lo hace proceder de la lucha del yo por su conservación y no de la vida sexual. Freud insiste a lo largo de su obra en no confundir los sentimientos de amor y odio con la pulsión, el Triebe, que hace la vida sexual. Con Freud se distingue el goce que es satisfacción de la pulsión, por un lado, y por otro, el amor y el odio.

Sin embargo, cuando examina el odio que padece y hace padecer el neurótico obsesivo, observa en la clínica como el odio se manifiesta ligado a la vida sexual. En la medida en que la aspiración a gozar del objeto toma la vía del impulso a dominar el objeto, el objeto de goce se convierte en objeto de odio. El odio entonces no resulta de la pulsión, que es voluntad acéfala de goce, sino de que en ella se superpone una voluntad de dominio sobre el objeto, lo cual es un intento de la afirmación del ser en el yo. Cuando el objeto escapa al dominio del yo, es cuando puede surgir el odio, pues para la voluntad de dominio es indiferente el daño o la destrucción del objeto.

El odio, injertado en la vida sexual, por la vía de la voluntad de afirmación del ser, nos acerca de pleno a la cuestión del odio en las neurosis, que es el segundo punto que he anunciado: cómo la clínica nos enseña lo estéril del odio, pues es un cierre al deseo de saber, y también como el odio es una vía para erradicar la angustia.

El odio en la histeria

La patología del odio en la histeria la encontramos más frecuentemente en las mujeres, pero no pensemos por ello que todas las mujeres son histéricas o que sólo se da la histeria en las mujeres. Hay muchos casos de histeria masculina y no sólo homosexuales.

El odio en la histérica nace de su amor y es proporcional a su demanda de amor . La histeria nos ofrece un paradigma del intento de realización del ser por la vía del amor, en la espera de ser gracias al Otro, de recibir el ser del don de la falta del Otro. En la clínica vemos que la verdad que se esconde tras lo engañoso del amor histérico la dice su odio, pues el odio surge cuando se hace añicos el espejo en el que el Sujeto se mira cuando ama. En la histeria se muestra cómo el amor no es el deseo y se separa del deseo sexual.

El deseo busca su satisfacción. El amor busca otra cosa, pide ser. El sujeto histérico no busca la satisfacción del Otro ni satisfacerse con él. Apunta a ser lo que falta al Otro y para ello supone un Otro que sabe la verdad del valor de su ser. Se mantiene en la insatisfacción, que no le hace sufrir, pues lo que le hace sufrir es que el Otro no de valor a su ser en el amor. Su demanda de amor su «eres lo que me falta», el «sin tí no soy nada», esconde que ese Otro del amor es ficticio, que ella lo teje a la medida de su aspiración, como un punto de proyección de la verdad del ser del sujeto en el Otro.

La queja y la demanda amorosa de la histérica se torna fácilmente en tiranía hacia el otro. Ello muestra su voluntad de dominio como sujeto. El arte de la histérica es usar sus fallas, carencias y debilidades como potencia arrolladora que hace girar al Otro en torno a ella. Pues es ella la que pretende hacer al Otro, como hombre a su medida, que sería uno con el ser de ella. Ese amor que declara y reclama esconde un «tú no eres nada sino lo que yo soy», en esa suposición de un Otro que incluye y aloja el ser del sujeto.

Pero el sujeto histérico que tanto clama su sacrificio por amor, por el otro, ignora al otro en lo que es, en su alteridad, en su diferencia de ella, tanto en el terreno de la diferencia de los sexos como de la diferencia del otro en su particularidad.

Pretende hacer Uno con el Otro, como un uno creado por ella, afín en su falta a ella. Así el odio histérico llega antes o después. Surge en el instante en el que el sujeto atisba lo que su amor quería ignorar del ser del otro, que es el instante en el que el sujeto descubre y comprueba que el otro ignora el ser de ella. Ahí donde el otro no sabe de lo que ella espera que sepa, ella supone que no quiere saber nada de ella. Así el instante de odio se produce cuando la suposición del saber del Otro sobre la verdad de lo que el sujeto vale en su ser se hace insostenible. Entonces, ese ser del otro, —hasta entonces ignorado por haber estado velado por el amor que lo proyectaba a la medida de la verdad del sujeto— se revela en lo que tiene de desconocido, haciéndose intolerable y suscita aversión y rechazo por ser ajeno a lo que se había proyectado en él y que él no es. De golpe, el sujeto experimenta que su ser no está alojado en el Otro, y eso se le aparece como «ser desalojada por el otro», como estar excluida del Otro. Pero si odia al otro es porque antes había puesto en el otro esa figura del Otro que es ajena al otro.

Así, ese instante de odio es un instante de lucidez en el que el sujeto descubre como se engañaba con su amor. En la decepción del amor el sujeto puede quejarse de que el otro le engañaba. Si el engaño lo atribuye al otro, entonces no hay odio, no hay lucidez, surge la agresividad por la mala voluntad imputada al otro, y la queja alimenta la demanda de amor en forma de reivindicación. Es un modo de mantenerse en el engaño del sujeto, de mantener la figura del Otro que «puede saber y no quiere saber» y que, aunque no ame como se espera que ame, se le sigue suponiendo un saber.

Hay odio, y no agresividad, cuando la lucidez revela que el otro no engañaba, que era el sujeto que se engañaba en lo ilusorio de su amor, pues amaba a un Otro imaginario. Así el odio histérico es el punto de cita al que conduce su amor. Es un «te odio porque te he amado en vano» y más allá un «te odio porque no puedo amarte en lo que eres».

El odio puede durar sólo un instante, en la fugacidad de una revelación, en la que surge lo que el sujeto no había querido o podido saber de la verdad del ser del otro y en la que surge lo que el otro no sabe. Pero el odio se hace clínico, patológico, cuando se ancla como pasión que enferma o enloquece al sujeto. Hay muchas depresiones histéricas, preñadas de odio, depresiones de tristeza dura, en las que el sujeto se queda ensimismado rumiando lo que no soporta, en las que se aísla y rechaza, en una pasión destructora lo que puede encontrar con los otros de satisfactorio.

El odio alimenta la desvitalización depresiva por el no feroz, latente o explícito, a lo que del deseo puede palpitar en lo que recibe de los otros. La negación del ser del otro tiene como corolario la depresión, pues al negar lo que puede tener un valor de ese ser, se atrinchera en un apagamiento de lo que movía antes al sujeto en el deseo.

La clínica nos enseña que la depresión histérica, las más de las veces, en su lamento es acusación. El rechazo al ser del otro en el odio es un modo de excluir la pregunta por lo que mueve al otro en su deseo y de ignorar la precariedad en la que se sostenía el deseo del sujeto, movido sólo en función de ser para el Otro imaginado.

Sin extenderme, pues no hay tiempo aquí, plantearé la cuestión que se impone en la clínica ¿cómo puede el sujeto histérico curarse de ese odio que nace de la pretensión de su amor? Mi experiencia clínica me ha enseñado que se cura si se acerca a la cuestión del deseo, que sólo se puede abrir, para un sujeto cerrado a ella, pasando por la angustia. La angustia es el efecto que no engaña y que propulsa al sujeto a la dimensión del otro como Otro no imaginario sino en su alteridad radical, en la opacidad de la falta de respuesta a la pregunta «¿Qué soy para el Otro que no puedo ver de mí mismo?» En la encrucijada de la angustia, que es otra cosa que la depresión, se abre para el sujeto la oportunidad de cesar de anticipar su ser como objeto que falta al Otro imaginado.

Afrontar la experiencia de la angustia no es soportar el estado angustioso. ¿En cuantas depresiones histéricas no se observa la alternancia de angustia y depresión, que sólo conducen a una demanda exasperada al entorno, o al terapeuta, de acallar ese estado con la respuesta que el Otro tendría que ofrecer? Afrontar el vértigo de la angustia es productivo si en ella se circunscriben las coordenadas simbólicas de lo que sobrepasa al sujeto y le falta por saber. Y eso es la parte que corresponde al psicoanalista para llevar al sujeto más allá de la angustia, a lo que puede saber, de él, del otro.

Atravesando la experiencia de la angustia, puede surgir, es sólo contingencia, la sorpresa de un amor no esperado. Otro amor, no neurótico que no desemboca en el odio. Pues no ignora ni rechaza el ser del otro, ya que emerge por el reconocimiento del ser del otro, en sus marcas singulares, en una enigmática afinidad.

No se ama a cualquiera. La condición por la que se ama a un sujeto determinado y no a cualquiera está inscrita en el inconsciente. Por eso no hay ni derecho al amor ni deber de amar. Aceptar la contingencia, la sorpresa del amor, implica aceptar también que se puede no amar ni ser amado sin odiar. Consentir a lo extranjero del ser del otro, dejándolo ser, sin odio, aceptando lo imposible de la afinidad, y lo insondable de la diferencia de los sexos, cura mucho más al sujeto histérico de los males que la enferman, que las pócimas medicamentosas.

El odio en la neurosis obsesiva

La neurosis obsesiva se da normalmente en los varones, pero ni todos los hombres son obsesivos ni todos los obsesivos son hombres. El odio obsesivo, a diferencia del histérico, no resulta del amor sino que, al contrario, es un obstáculo al amor. Si la histérica se lamenta de amar en vano, el obsesivo puede lamentarse de no amar. Ahora bien, el obsesivo, tanto como la histérica, y en ello ambos son neuróticos, cree que ama pero sobre todo busca ser amado.

El obsesivo quiere ser amado como garante de que en el Otro nada falta. Es un amor oblativo que se ofrece al otro en un «sin mí el otro desfallece». El instante de odio surge cuando se revela que él no completa al Otro y que el ser del otro es extranjero a lo que él da. Ese otro se revela como «el que no sabe lo que se le da» y hace caer al sujeto de su suposición de colmar al otro con su yo.

¿Por qué el obsesivo sufre tanto de ese odio de si mismo? ¿Por qué también tortura al otro con su odio, a veces manifestado en un silencio cargado de rechazo? Es en la medida en que no soporta que haya algo del ser que escapa al Significante y no puede ser incluido en su pensamiento. Odia lo que se le hace impensable. De ahí el rechazo a lo impensable del sexo femenino. Negar el ser del otro es una vía para defenderse de las manifestaciones de la falta del Otro que lo remiten a lo que falta en él y lo divide de si mismo.

Al estar más cercano al odio y no ignorarlo es más lúcido que la histérica. Ahora bien, su modo de ignorar al otro en su alteridad, es reducir el ser del otro a lo que entra en su mente, haciéndolo idéntico a lo que el piensa. De ahí que evita el encuentro con la presencia del otro, de donde le pueden venir las malas sorpresas de lo que él no controla y al mismo tiempo cultiva permanentemente la presencia imaginaria del otro en su pensamiento. Esta ambivalencia le lleva a estar siempre a la defensiva, atisbando, acechando la amenaza temida del ser del otro que no coincida con su pensamiento.

Es frecuente la idea en el obsesivo de que si el otro —especialmente su compañera— lo ama, entonces no es necesario que él manifieste lo que desea ya que supone que ella lo adivina y basta con que él lo piense. El piensa y el otro es el que reside en su pensamiento ya que ese otro imaginario está fabricado por él en las representaciones que satisfacen su yo.

Así, la lucidez del obsesivo no es producto de su pensamiento y emerge por el contrario cuando se quiebra el pensamiento en el instante del odio en el que se le hace presente ese ser extranjero a los Significantes en los que él se mueve. Al obsesivo su odio le corroe tanto más cuanto no admita que el ser no puede hacerse todo Significante. Y por aferrarse a los Significantes con los que él se identifica y creerse entero en su dominio, entonces el ser de los otros, que escapa a su imaginación, lo ve reducido a ser un resto ineliminable, un objeto real, de aversión. Por ello el obsesivo va a padecer que su vida sexual está contaminada o parasitada por el odio.

El objeto sexual que quiere poseer para gozar de él, cree poseerlo si ese objeto cae en las redes de su seducción, si sucumbe a los Significantes con los que él le hace signo. Pero cuando el objeto resiste a la atracción de esos signos se le presenta como un ser extranjero y hostil, odioso porque odiado, un ser a negar o atacar. El objeto de su goce, al querer obtenerlo desde su dominio y no lograrlo se le torna objeto de odio. Así, el obsesivo, en último término, es siempre misógino en mayor o menor grado ya que detesta lo que del ser femenino no consiente en reducirse al objeto que satisface la expectativa de su fantasía.

El obsesivo no ama a las mujeres. Ama la figura de un Otro imaginado como lo que él puede colmar, como apoyo de su narcisismo. Y a las que desea, las desea sólo como objeto de goce sexual y por eso, si le manifiestan otro deseo, y una falta que él no satisface sexualmente, y que no está en el programa de él, termina odiándolas. Cuando cree que ama, cultiva un ideal que le complace en sus pensamientos.

¿Cómo puede curarse un sujeto de ese odio que lo roe en un tormento mental o le mueve en una carrera pasional en su voluntad, fallida, de dominio?

En la clínica vemos que el odio histérico es estéril ya que estanca al sujeto en la inercia de una caída depresiva en la que se imagina como un ser excluido, abandonado, por el otro. También puede palparse la esterilidad del odio obsesivo que aísla al sujeto de los otros o lo agita en una acción que no está movida por el deseo sino por un ansia de poder y por un sadismo destructor. Acción estéril ya que al ser destructora del ser del otro no puede resolver la aspiración a ser del sujeto.

En suma, la pasión del odio es una aspiración a ser del sujeto que toma la vía de la negación de ese otro ser que expulsa al ser del sujeto del deseo del otro. El odio, en su forma obsesiva, es voluntad de ser sin ese resto del ser del otro que para él sujeto encarna lo que no le deja ser Uno en el Significante. Y si imputa al ser del otro que lo que es, lo es por su mala voluntad, entonces el odio se verá acompañado de agresividad.

El odio obsesivo es el que mueve las guerras de religión, permanentes en la historia, y que se dan en nuestra civilización en las nuevas formas de religión que son los nacionalismos, sectarismos etc. Esas guerras son el corolario de la pretensión de los sujetos de eliminar la división que es la herida en su identidad y de realizarse en una esencia del ser que estaría entera en la pureza de un Ideal. A mi entender el odio obsesivo es proporcional a la fuerza de su religión particular.

¿Cómo puede curarse el obsesivo de ese odio que le impide amar y aceptar la emergencia de los enigmas del deseo del otro? El encuentro con lo insondable del deseo del otro le angustia más que a la histérica pues le hace experimentar su precariedad subjetiva, la herida que la falta que lo hace deseante inflige a la identidad de su yo. Manifestarse frágil, débil, carente le parece inadmisible y es lo que de él no puede entregar al otro. Por eso se cierra a la entrega del amor.

La experiencia de la angustia —que en la neurosis obsesiva toma a menudo la forma del ataque de pánico— puede ser la ocasión de interrogarse por la verdad de su deseo, que no coincide con la imagen del yo fuerte que ofrecía a los otros para colmar las expectativas del Otro.

La clínica me enseña que la angustia es una mediación saludable para salir del odio en las neurosis si de ella, a condición de que de ella se extraiga la cuestión del deseo del sujeto en una aproximación a la verdad de lo que le habita, inscrito en las huellas significantes de lo que se puede recordar y decir, sobre lo que estaba latente en él, sin ser consciente.

El problema es que en el mundo actual se impide que la angustia sea la ocasión de un acercamiento a la verdad, que puede dar un giro a la posición del sujeto, pues se la calma inmediatamente con medicamentos, con lo cual se cierra el acercamiento del sujeto a su verdad inconsciente. Actualmente los psiquiatras y los médicos han acostumbrado a la gente a tener siempre el ansiolítico a mano. En la clínica veo como los consumidores habituales de ansiolíticos y antidepresivos reductores de la ansiedad, son los más extraviados en cuanto a tener una idea sobre lo que les ocurre.

Por otra parte, en la experiencia psicoanalítica compruebo que el odio histérico se disipa si el sujeto llega a aceptar la falta de referencia última en la equivocidad inherente a las palabras para alojar la verdad de su ser. Y que el odio obsesivo se disipa si el sujeto llega a aceptar lo imposible de suturar de su hendidura subjetiva y lo impensable del enigma de la satisfacción del otro, especialmente del Otro sexo. Consentir a la herida que las palabras nos infligen, haciéndonos humanos y a ser en lo que se desliza de nosotros, sin ser de nuestro dominio subjetivo ni mental, es aceptar que la castración es nuestra suerte y que lo que nos falta no es porque ningún Otro nos lo sustraiga.

No se trata de substituir el himno poco armonioso al dominio de la verdad del amor histérico, o el himno al dominio del yo, del ser silenciado del obsesivo, por un canto a la angustia. Insistiré en que es un medio y no un fin, un instante para encontrarnos con la causa real de la herida humana, de la pérdida que acompaña nuestro ser hablante como ser de deseo.

Otros odios

La angustia, por otra parte, en el campo de las psicosis no es una puerta que abra el acceso a la pregunta por el deseo. Además, el odio en las psicosis, muchas veces se experimenta referido al ser del sujeto, que se siente realmente víctima de él, al sentirse designado como un objeto real, segregado por el universo del discurso o por la insensatez conminatoria de las palabras, como objeto denostado. No hay tiempo hoy aquí para hablar del odio en las psicosis y es un tema suficientemente complejo como para requerir un desarrollo específico.

Diré solamente algo de lo que es patente en la clínica: ese ser odiado del sujeto, designado por los insultos de las alucinaciones, ese ser odiado en su convicción de inocencia del delirio paranoico, o la autodifamación de su ser en la que se hunde el melancólico. ¿Qué salida puede encontrar el psicótico al espanto del odio que le asedia? ¿Cuántas veces no es el paso al acto lo que surge como respuesta? Al psicótico el odio no le confronta a la amargura de la decepción de lo que el Otro no sabe. Para él, el saber no está supuesto al Otro, ya que se le presenta expuesto, en lo real, en el saber de las voces, o en la significación sin dialéctica de la interpretación delirante. El suicidio o la agresión pueden ser una respuesta inmediata para terminar con la certeza que da raiz a ser objeto rechazado, odiado.

Hay otras salidas que encuentra el psicótico, por la vía del delirio o de la creación, para inventarse un nuevo ser ajeno y extranjero a los otros pero en el que puede darse su nombre de sujeto en una nueva dignidad en el mundo.

Para concluir, esbozaré otra perspectiva del odio, no propiamente neurótica, sino estructural en la relación con el sexo. ¿Hay un odio masculino y un odio femenino? La experiencia psicoanalítica me lleva a responder que así es. No en cuanto estados de odio, que son patológicos y que alimentan un malestar en el sujeto, sino como instantes de odio que son momentos de franqueamiento para acercarse al Otro del sexo en su irreductible diferencia y para comprobar que el amor en su contingencia responde a la imposibilidad de inscribir una fórmula de la relación entre los sexos.

El hombre, cuando se basta con su satisfacción fálica, no comprende nada del amor, y menos de los misterios y de las veleidades del amor femenino. Y una mujer se exaspera por el falicismo masculino por ignorar que es imposible saber lo que en ella misma, de su ser femenino, es extranjero a su propia subjetividad y no sólo al hombre. Y lo absoluto de su exigencia amorosa le hace extraviarse fuera de la razón masculina.

Somos dos razas, hombres y mujeres, en lo dispar de nuestra sexualidad. Quizás el odio al otro, como sexo del que estamos separados, se acerca al odio racista, el que no tolera la extranjeridad del modo de goce del otro en el espacio que compartimos. En el odio femenino o masculino podemos interrogar la intolerancia a la extrañeza de ese otro ser, en su condición de radicalmente desconocido y el desasosiego humano de estar afectados por el sexo.

Notas

1 LACAN J. Escritos. Siglo XXI Editores, 1989. P. 607.

2 LACAN J. El Seminario, Libro I, Los escritos técnicos de Freud. Ediciones Paidos, 1985.

3 LEVINAS E. Totalité et infini. Editions Le livre de poche, 1996. P. 286.