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El inconsciente de Freud a Lacan: ¿qué cambios?
Freud empieza su texto metapsicológico «Pulsión y destinos de pulsión» (1915) con la siguiente afirmación: «Muchas veces hemos oído sostener el reclamo de que una ciencia debe construirse sobre conceptos básicos claros y definidos con precisión (daß eine Wissenschaft über klaren und scharf definierten Grundbegriffen aufgebaut sein soll). En realidad, ninguna, ni aun la más exacta, empieza con tales definiciones. El comienzo correcto de la actividad científica consiste más bien en describir fenómenos que luego son agrupados, ordenados e insertados en conexiones»1.
Creo que estaremos todos de acuerdo en que el inconsciente es la piedra angular del psicoanálisis; sin embargo, se trata de lo que Freud llamaba un Grundbegriff, es decir, un concepto fundamental. Aunque se trate de un concepto fundamental, es legítimo preguntarnos —como lo hizo Lacan precisamente en el Seminario 11, que comenzaremos a comentar mañana— si, lo cito: «¿Hay conceptos analíticos formados de una vez por todas? El mantenimiento casi religioso de los términos empleados por Freud para estructurar la experiencia analítica, ¿a qué se debe? […] ¿Podemos decir siquiera que se trata propiamente de conceptos? ¿Son conceptos en formación? ¿Son conceptos en evolución, en movimiento, por revisar?»2.
Lacan nunca dejó de repensar los conceptos psicoanalíticos, incluso —y sobre todo— el del inconsciente: primero para revisitarlo, traducirlo en términos de retórica o de lingüística, y luego para introducirlo en el campo de la lógica, de la topología, hasta llegar, al final de su enseñanza, a concebir un inconsciente-real que no solo introduce cambios radicales con respecto a Freud, sino también con respecto al que él mismo había elaborado. Pero, como ya lo había señalado Freud, las evoluciones conceptuales, sobre todo en psicoanálisis, no resultan de un afán de pura abstracción, sino más bien de una formalización de fenómenos, de problemas observados en la experiencia clínica. La conceptualización no se produce a priori, sino a posteriori.
Dicho esto, sabéis de antemano que será imposible abordar un concepto tan fundamental y complejo en el marco de una hora… ¡Una vida entera no sería suficiente! Por eso, me contentaré, a modo de introducción, con esbozar algunas pistas de reflexión sobre el tema del inconsciente que, espero, puedan resonar con vuestras propias preguntas y ayudaros a proseguir a lo largo de este año de trabajo.
Voy a empezar por el final, anunciándoos desde ahora las dos afirmaciones de Lacan que me han orientado y que intentaré demostrar hoy.
La primera se encuentra en el texto «Position del inconsciente» (1960) y dice que «los psicoanalistas forman parte del concepto de inconsciente, puesto que constituyen aquello a lo que éste se dirige»3.
La segunda se encuentra en «Televisión» (1973), donde Lacan afirma: «No fundo esta idea de discurso sobre la ex-sistencia del inconsciente. Es al inconsciente al que sitúo allí, por no ex-sistir más que a un discurso»4.
Con estas dos citas, podéis daros cuenta de que restrinjo —y mucho— el campo de lo que solemos considerar cuando se habla del inconsciente en psicoanálisis. Porque, seamos socráticos, siempre hay que definir bien de qué hablamos cuando hablamos. Y eso es aún más importante cuando se trata de un concepto fundamental del psicoanálisis, de algo que podría parecer evidente… pero que no lo es en absoluto.
Eso es lo que intentaré, modestamente, haceros sentir hoy. Vamos a dejar entonces estas dos citas en reserva por el momento, pero sin perder de vista que eso es lo que intentaré explicaros.
Para eso, partiré de otro pasaje de Lacan, extraído de su reseña del seminario «…o peor», publicada en Otros escritos, donde afirma lo siguiente: «[…] la cuestión no es la del descubrimiento del inconsciente, que en lo simbólico tiene su materia preformada, sino la de la creación del dispositivo en el que lo real toca a lo real, es decir, lo que articulé como el discurso analítico»5.
Exploremos entonces este pasaje. Lacan afirma con claridad que Freud no «descubrió» el inconsciente, lo que quiere decir que, según Lacan, éste ya «existía» mucho antes de la creación del psicoanálisis, quizás desde siempre. ¿Y por qué lo afirma? Él mismo responde: porque la materia del inconsciente ya está preformada en lo simbólico, es decir, en el lenguaje.
Esto quiere decir que es lo simbólico que genera la existencia del «inconsciente». Esto se debe al hecho de que hablamos, de que somos seres hablantes y no animales puramente instintivos, genera —yo diría casi «naturalmente»— una dimensión inconsciente. El lenguaje, al arrancarnos del mundo natural, introduce une pérdida que afecta irremediablemente nuestra existencia, haciendo surgir en el horizonte aquello que, forzosamente, escapa al lenguaje.
¿Y por qué hay algo que escapa al lenguaje? ¿Por qué hay, necesariamente, una pérdida? Existen varias respuestas posibles, pero las más evidentes —que no requieren del psicoanálisis para ser comprendidas— son:
- la inevitable inadecuación de las palabras y de las cosas;
- y el límite «concreto» del lenguaje; es decir que no se puede explicar todo ni nombrar todo, pues sabemos —desde los filósofos griegos de la antigüedad— que las palabras existen en número limitado, mientras que las cosas son ilimitadas…
Prehistoria del inconsciente: algunos ejemplos históricos
Para ilustrar un poco esta idea, evocaré rápidamente algunos ejemplos históricos de prácticas que atestiguan que el ser humano siempre ha tomado en cuenta una dimensión «inconsciente» y ha intentado interpretarla. Por supuesto, no empleaban el término «inconsciente», que, además, tampoco es una invención de Freud.
Existen muchos testimonios de esta práctica, como, por ejemplo, los de Artemidoro —a quien Freud menciona en su Interpretación de los sueños— y Elio Aristides (117-189 d. C.), quienes vivieron cerca del primer siglo de nuestra era. Sin embargo, ya existía una práctica de desciframiento de los sueños (oniromancia), que no se limitaba únicamente a la adivinación o a las previsiones del futuro.
Tal como observa Jacques Le Goff, Artemidoro —quien fue autor de un libro titulado precisamente La interpretación de los sueños— «vivía de su ciencia, gracias a su experiencia y a su biblioteca, y se ganaba la vida cobrando por sus consultas sobre la interpretación de los sueños de sus clientes»6. Por su parte, Elio Aristides buscaba una terapia a través del sueño mediante un ritual conocido como «incubación», en el cual: «Tras una preparación purificadora, se recuestaban en el recinto de un templo y esperaban allí que la voz del dios les revelara en sueños la prescripción médica que los sanaría»7.
Asociadas a estos ejemplos de interpretación de los sueños, encontramos también en la Antigüedad concepciones teóricas muy elaboradas sobre la estructura del lenguaje y sobre el poder de la palabra. Por esta razón, Lacan insistió en que los psicoanalistas debían interesarse por la retórica, por la lógica, por ejemplo.
Entre estas elaboraciones, yo destacaría, en particular, la concepción de la palabra como pharmakon, es decir, a la vez remedio y veneno. Esta idea se entrelaza con otra formulación, desarrollada por el sofista Gorgias de Leontinos en su texto Encomio de Helena, donde afirma que el logos (discurso o palabra): «es un gran soberano que, con un cuerpo pequeñísimo y sumamente invisible, consigue efectos realmente divinos; puede ya eliminar el miedo, ya suprimir el dolor, ya infundir alegría, ya aumentar la compasión»8.
Podéis percibir, a través de estos ejemplos, algunos puntos importantes:
- que el ser humano siempre ha tenido la idea de que algo opera en él sin que lo sepa o pueda controlarlo;
- que desea saber qué es lo que actúa allí;
- que busca una respuesta a estos enigmas acudiendo a alguien a quien supone un saber sobre ello (un profeta, un dios, un vidente, un cura, un especialista);
- un cuarto y último punto, igualmente antiguo: el poder terapéutico de la palabra.
Es decir, ni el inconsciente, ni la transferencia, ni siquiera la interpretación son prerrogativas exclusivas del psicoanálisis, sino más bien efectos de la estructura del lenguaje, lo sepamos o no. En una las lecciones del Seminario 11 que comentaremos mañana, hay una afirmación de Lacan que corrobora esta lectura. Lo cito: «El inconsciente freudiano nada tiene que ver con las llamadas formas de inconsciente qui le precedieron, como tampoco con las que lo acompañaron o todavía lo rodean»9.
El dispositivo: la invención de Freud
Ahora bien, si Freud no descubrió el inconsciente, ¿qué hizo entonces? Según Lacan, él creó el dispositivo en el cual el inconsciente —que «siempre» existió— es interpretado, descifrado. ¿Y en qué consiste este dispositivo en particular?
Cuando Lacan habla de «dispositivo», él reduce la idea de dispositivo a lo esencial, es decir, la asociación libre. En su texto «Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad» (1967), Lacan menciona precisamente, lo cito, «la coherencia de un procedimiento, cuya característica general se conoce bajo el nombre de asociación libre»10. Dispositivo y procedimiento son sinónimos.
Freud creó entonces un dispositivo compuesto por dos personas —analista y analizante—, en el cual el único instrumento es la palabra, y que obedece a una sola regla fundamental: la asociación libre, donde lo que se dice desvela otra lógica, subyacente a lo que es dicho. Esto fue, según Lacan, lo que Freud creó; esta fue su invención y constituye, en la historia, algo verdaderamente novedoso.
La creación de Lacan: la articulación del discurso analítico
Pero Lacan dice aún algo más en este pasaje, algo que lo incluye a él mismo. Es decir, que este dispositivo «en el que lo real toca a lo real» es, según sus propias palabras, «lo que articulé como el discurso analítico». Dicho de otro modo, fue Lacan quien articuló la estructura del discurso analítico al formular el matema que nos enseña cómo funciona y qué produce el dispositivo analítico inventado por Freud:

Lacan se inscribe así en la genealogía del psicoanálisis, indicando claramente, me parece, que existen etapas, una cierta progresión no solamente en la teorización del inconsciente, pero también en el campo de la praxis analítica. Se observan transformaciones no solo en la forma de concebir y de abordar el inconsciente antes de la invención freudiana, sino también dentro del propio campo psicoanalítico: lo que pensaba Freud al inicio de su práctica es muy distinto de lo que elaboró al término de su obra (sin duda influenciado por la cuestión de la repetición y los análisis interminables). Tampoco lo que propuso Lacan en los años cincuenta es equivalente a lo que nos enseñó en los años setenta: entre ambos momentos hay una distancia radical.
El partenaire analista
Si el inconsciente «ya existía», así como también las tentativas de interpretarlo, ¿qué es lo que cambia con el psicoanálisis? Lo que cambia es la respuesta. El psicoanalista es —cito a Lacan— «un partenaire que tiene posibilidad de responder»11. Encontraréis este pasaje en introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos.
¿Qué quiere decir eso? Que el psicoanalista tiene la posibilidad de responder de un modo distinto al que han propuesto y proponen otros discursos y saberes (la ciencia, la religión, el misticismo, p. ej.). El psicoanalista es un nuevo intérprete del inconsciente, que lo escucha «como un saber que no piensa, ni calcula, ni juzga […]»12, dice Lacan en «Televisión».
El inconsciente es un saber que se descifra, pero no a partir de una ley, de un código moral u otro sistema normativo, sino a partir de una ética guiada por la singularidad de cada sujeto, una ética que va a leer el texto del inconsciente —manifiesto en la asociación libre— como un texto singular.
Es la respuesta del analista —nuevo intérprete en la historia— la que hace surgir el inconsciente propiamente analítico. Esto es lo que explica la primera cita con que abrí mi intervención. La voy a repetir: «los psicoanalistas forman parte del concepto de inconsciente, puesto que constituyen aquello a lo que éste se dirige»13.
Espero que hayáis podido captar la perspectiva que intenté introducir —a partir de indicaciones de Lacan— para delinear lo que constituye el concepto de inconsciente propiamente analítico. Sin embargo, el inconsciente freudiano solo existe en un discurso: el discurso del analista. Es decir, una modalidad muy específica de lazo social que Freud inauguró, distinta de la que ofrecen otros discursos. Es el discurso del analista que hace ex–sistir al inconsciente14.
Pero esto no es todo, porque hay otra cuestión dentro del propio discurso analítico que me gustaría subrayar: la respuesta del analista depende directamente de la concepción que tenga del inconsciente y de lo que considere que hay que interpretar. Es decir, que incluso entre lacanianos no tenemos necesariamente la misma idea de qué es el inconsciente que hay que descifrar, ni de cómo hacerlo.
Allí reside, me parece, un programa que podréis recorrer durante este año, porque la cuestión fundamental a elaborar es precisamente la de la respuesta del analista – una cuestión que ha sido modificada desde Freud. De modo que, incluso en la enseñanza de Lacan, hay cambios importantes que es importante captar.
Y para orientaros en vuestras lecturas de estos cambios, es importante tener siempre en mente qué es lo que se busca con ellos, cuál ha sido el problema —clínico— que los ha motivado. Porque es siempre un problema surgido en la experiencia lo que induce los cambios teóricos.
Los cambios «principales»
Me contentaré hoy simplemente de señalar algunos de los cambios que considero más significativos, sobre todo en la enseñanza de Lacan, aunque que haya una cierta homología entre los impases que Freud y Lacan encontraran en sus respectivas experiencias clínicas.
Del largo recorrido teórico que Lacan ha llevado a cabo en torno al concepto de inconsciente, pueden distinguirse tres grandes etapas, ninguna de las cuales revoca a las anteriores, sino que más bien las completa15.
El inconsciente está estructurado como un lenguaje
La primera gran etapa de la elaboración lacaniana sobre el inconsciente es la que sostiene la tesis de que «el inconsciente está estructurado como un lenguaje», y se extiende desde los años cincuenta. Esta redefinición del inconsciente fue como una bomba en el medio psicoanalítico: algo que pareció, a la vez, genial y de un extremo rigor. En efecto, los psicoanalistas postfreudianos interpretaban el inconsciente desde una clave de lectura que había olvidado no solo el papel del lenguaje en la formación de las manifestaciones del inconsciente, sino también la primacía y el valor de la palabra. Lo hacían desde una perspectiva centrada más bien en un supuesto «contenido», cargado, sin duda, de un fuerte componente imaginario. Se habían alejado de lo que Freud había formulado; de ahí el retorno de Lacan a sus textos, apoyándose en las contribuciones de la lingüística. En «Función y campo», Lacan señalaba precisamente «la tentación que se presenta al analista de abandonar el fundamento de la palabra, y esto precisamente en terrenos donde su uso, por confinar con lo inefable, requeriría más que nunca su examen […]»16.
Así, Lacan tradujo nociones freudianas como las Vorstellungsrepräsentanzen —los representantes de la representación— como significantes, y convirtió figuras de la retórica, en particular la metáfora y la metonimia, en los conceptos freudianos de condensación (Verdichtung) y desplazamiento (Verschiebung), que son las dos operaciones que componen el proceso primario del inconsciente descrito por Freud17.
Lacan sostiene en ese momento la estructura del síntoma como metáfora18 y del deseo como metonimia, que es un tropo de lenguaje que incluye une pérdida19. ¿Cómo funciona la idea del síntoma-metáfora? Lacan lo explica: «El mecanismo de doble gatillo de la metáfora es el mismo donde se determina el síntoma en el sentido analítico. Entre el significante enigmático del trauma sexual y el término al que viene a sustituirse en una cadena significante actual, pasa la chispa, que fija en un síntoma —metáfora donde la carne o bien la función están tomadas como elementos significantes— la significación inaccesible para el sujeto consciente en la que puede resolverse»20.
Para sostener su elaboración del inconsciente estructurado como un lenguaje, Lacan se apoya en ejemplos clínicos de la obra freudiana. Basta abrir La interpretación de los sueños o La psicopatología de la vida cotidiana para convencernos de lo pertinente de lo que sostiene Lacan: que las formaciones del inconsciente —sueño, lapsus, acto fallido y síntoma (ese último quedará más complejo después, ya veremos)— pueden traducirse en términos de estructura del lenguaje. Estas elaboraciones permanecen bastante cercanas a lo que Freud había desarrollado sobre el proceso primario, una de las propiedades del sistema inconsciente.
Ese periodo de elaboración del inconsciente-lenguaje también trajo consigo cambios introducidos para responder a problemas encontrados en la experiencia clínica. Así, durante un tiempo, el Otro —concebido como tesoro de significantes— era supuesto pleno. Pero, a partir del texto «La subversión del sujeto» (si no me equivoco), Lacan postula la falta en el Otro, que se escribe S(A). El gran Otro ya no es un Otro completo, en el que la interpretación analítica pudiera simplemente buscar los significantes faltantes para completar la cadena. Con la introducción de la falta en el Otro, la falta del sujeto (S) se duplica con la del S(Ⱥ).
¿Podéis percibir el cambio que eso implica para la respuesta del analista? Este giro tiene consecuencias muy importantes, porque modifica de forma sensible la orientación y la meta de la interpretación analítica.
No podemos olvidar que toda palabra tiene un «pleno valor de evocación»21. Se dirige al Otro, que es también el lugar de la palabra, el tesoro de los significantes, y la demanda está implícita en el hecho mismo de hablar. Desde el momento en que el sujeto habla, espera algo a cambio. Pero, como dice Lacan: «su demanda es intransitiva, no supone ningún objeto»22.
Esta idea de la palabra como evocación se afina aún más con la elaboración de la teoría de los cuatro discursos, en 1969, durante el seminario El reverso del psicoanálisis, donde Lacan define el significante «primero», S1, como el «significante-amo» y S2 como el «saber».
Vemos así que la propia estructura de la palabra engendra en el sujeto una búsqueda de complemento de saber. A veces, el sujeto solicita ese complemento de saber a un otro, a un partenaire al que le supone precisamente un saber. ¿Qué saber? El saber sobre lo que le falta. Es la estructura misma de la palabra y lo que ella instaura como falta-de-ser lo que está en el origen del fenómeno de la transferencia, que Lacan define de modo sencillo como «el amor el que se dirige al saber»23. O cuando afirma en el seminario Aun: «A aquel a quien supongo el saber, lo amo»24.
La respuesta del analista se llama interpretación. Si observamos los ejemplos que Lacan desarrolló a lo largo de su enseñanza —escansión, puntuación, alusión, citación, corte, equívoco—, podemos constatar que casi todos apuntan hacia una falla en la cadena o la producen, haciendo vacilar lo que había sido dicho y excavando, poco a poco, un vacío de sentido que corresponde a la falta en el Otro y que el sujeto intenta colmar.
Ahora bien, esta visión del «inconsciente estructurado como lenguaje» mostró a Lacan sus límites, pues un análisis se topa con varios impases inherentes al lenguaje, cuyas consecuencias son clínicas. La más importante de ellas es la repetición. A pesar de resultados terapéuticos significativos, hay una parte del síntoma que persiste, a pesar de los esfuerzos tanto del analizante como del analista por interpretar, asociar y elaborar. Esto también conlleva la infinitización de las curas, el «análisis infinito», según la expresión freudiana. No hay límite para los sentidos posibles; siempre hay uno más. A esto se debe añadir la dimensión del goce del hablar.
Lacan buscará entonces elementos que le permitan formalizar ese «imposible» que conlleva lo simbólico. Lacan recorrirá a la lógica, que definirá como «la ciencia de lo real».
El periodo «logicista/lógico»
En realidad, lógica y inconsciente ya estaban entrelazados desde la obra freudiana, cuando, en su artículo metapsicológico «El inconsciente», Freud afirma que una de sus propiedades es la «ausencia de contradicción» (Widerspruchlosigkeit)25. Sin entrar a examinar en detalle esta propiedad del inconsciente, señalaré, solamente que esta afirmación freudiana toca precisamente uno de los pilares de la filosofía, en particular de la lógica.
Este periodo en que Lacan desarrolla el inconsciente bajo la lógica se concentra entre mediados de los años sesenta y comienzos de los años setenta, y tiene como culmen el texto «El atolondradicho» (1973). ¿Qué es la lógica, sino aquello que permite de establecer los imposibles que comporta el lenguaje? Es eso precisamente lo que lleva a Lacan a decir que la lógica es «la ciencia de lo real».
Es a través del recurso a la lógica que Lacan pudo formalizar una primera definición de lo real como imposible. Se trata aquí de un real específico —porque hay más de uno—, que es lo real propio del orden simbólico y que el análisis pone al descubierto en cada cura. Este real se manifiesta a través de lo que Colette Soler llamó las «negatividades de la estructura».
¿Qué son esas negatividades de la estructura? Son simplemente los impasses inherentes a la estructura del lenguaje y que tienen como consecuencia evidenciar ciertas imposibilidades. He aquí algunas de ellas:
- Primera negatividad: la incompatibilidad del deseo con la palabra26, tesis ya formulada en 1958 en «La dirección de la cura…». Sabemos con Lacan que el deseo se desliza a lo largo de la cadena significante, sin que por ello pueda ser «dicho», formulado en palabras. La interpretación apunta hacia la causa del deseo, pero no hay palabra para decirlo. Todas las modalidades de interpretación desarrolladas por Lacan apuntan justamente al intervalo de la cadena significante; buscan mantener la división del sujeto en lugar de suturarla.
- Segunda negatividad: no hay palabra para decir el objeto. En el seminario El sinthoma (9 de diciembre 1975), Lacan dirá a propósito del deseo: «No creemos en el objeto, pero constatamos el deseo; y de esta constatación del deseo inducimos la causa como objetivada». El objeto a, llamado «objeto causa del deseo», no es un objeto fenomenológico; su consistencia, dice también Lacan, se sostiene en pura lógica.
- Tercera negatividad: el medio-decir de la verdad, que puede constatarse fácilmente en la práctica: intentamos decir la verdad, pero no logramos decirla toda.
- Cuarta negatividad: la fuga del sentido.
Todos estos aspectos de las «negatividades de la estructura» nos permiten captar «lo que de lo real hace función en el saber»27, justamente porque conllevan la imposibilidad de que el lenguaje tenga un dominio definitivo sobre lo que manifiesta el inconsciente. El texto «El atolondradicho» evoca así una concepción del final del análisis en la que se supone que el sujeto alcanzaría una cierta certeza respecto de esos imposibles, que Lacan enumera precisamente como los del sexo, del sentido y de la significación.
El inconsciente-real
Un tercer momento de la elaboración lacaniana sobre el inconsciente desemboca en la idea de un inconsciente-real, fuera de sentido (fuera-de-sentido/hors-sens). El recorrido de esta elaboración está expuesto en detalle en el libro de Colette Soler, Lacan, el inconsciente reinventado.
Retomo, no obstante, algunos puntos de la elaboración lacaniana que lo condujeron hacia esta concepción del inconsciente-real. Es importante subrayar que esta nueva elaboración no invalida las elaboraciones anteriores con respecto al inconsciente-lenguaje; más bien las complementa.
El punto crucial es que los efectos del lenguaje sobre el ser humano y su cuerpo van más allá de la simple cadena significante, más allá del lenguaje articulado. Existen efectos-lenguaje que afectan el cuerpo hablante de modo contingente y que no tienen relación con el Otro, con las figuras del Otro que cada uno despliega en su romance familiar.
En el seminario El saber del psicoanalista, Lacan introduce la noción de lalengua (lalangue), que él escribe en una sola palabra. Se trata de depósitos de lenguaje, de residuos dejados por el baño de lenguaje en el que se encontraba el sujeto en su primera infancia. Son huellas que preceden la entrada en el lenguaje articulado propiamente dicho, anteriores al aprendizaje de la sintaxis y de la gramática. Lacan dice que lalengua tiene que ver con la lalación del niño. De ese baño inicialmente lúdico del pequeño, el agua del lenguaje «deja algo al pasar, algunos detritos con los cuales él va a jugar, con los cuales tendrá́ que arreglárselas. Es eso que le deja toda esta actividad no refleja —vestigios, a los cuales, más tarde, porque él es prematuro, se adjuntarán los problemas de lo que va a asustarlo. Gracias a lo cual va a hacer la coalescencia, por así decir, de esta realidad sexual y del lenguaje»28.
Ese «troumatismo» del encuentro entre el lenguaje y el goce del cuerpo no es interpretable. El sujeto va a escribir una historia, una escena (su fantasma), para explicarse a si mismo esa pérdida, eso que se ha fijado en él como un goce inamovible.
A partir del seminario Aun, Lacan ira más allá de lo que hasta entonces se inscribía del lado del «no hay», para indicarnos precisamente lo que sí hay. Y es a partir de ese «hay» que podrá elaborar una teoría del final del análisis distinta de la que había propuesto anteriormente. «No hay relación sexual», pero «hay síntoma».
¿Qué deviene entonces el inconsciente? ¿Qué respuesta se espera de un psicoanalista después de estas elaboraciones de Lacan?
El inconsciente sigue siendo el mismo desde Freud: «no piensa, no calcula, no juzga»29; es der Arbeiter, un trabajador ideal, pues nunca está en huelga y sabe lo que tiene que hacer: cifrar. Al contrario del inconsciente, «lo que piensa, calcula, juzga, es el goce», el goce «que hace del sujeto función»30. Es este goce que el analista debe visar con su interpretación, y no, por ejemplo, la historia del sujeto. El analista debe estar atento para no alimentar de sentido el goce del síntoma.
Un análisis no transforma, entonces, el inconsciente, contrariamente a lo que podríamos imaginar, ni lo descifra por completo: «Que haya quiere decir inconsciente que hay saber sin sujeto»31, dijo Lacan en la reseña del seminario El acto psicoanalítico. El analista se encuentra así, a primera vista, en una calle sin salida: tanto el inconsciente —definido como «saber sin sujeto»— como el síntoma —que Lacan situará, al final, en lo real— excluyen al sujeto. No solo lo excluyen, sino que el análisis tampoco podrá eliminarlos.
El psicoanálisis no cambiará ni el inconsciente ni el síntoma fundamental del analizante, pero sí podrá cambiar al sujeto y al amor que este tenía por el desciframiento interminable. Para que eso sea posible, es fundamental que, en su respuesta, el analista mantenga siempre en la mira esa parte real del inconsciente, sin la cual desperdiciará la oportunidad de contribuir a un real cambio en el sujeto.
Notas
1 S. Freud, «Pulsión y destinos de pulsión» (1915), Obras completas, vol. XIV, Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1976, p. 113.
2 J. Lacan, El seminario, libro 11, «Los cuatro conceptos fundamentales de psicoanálisis», Buenos Aires: Paidós, 2010, p. 18-19.
3 J. Lacan, «Position del inconsciente», Escritos 2, Madrid: Biblioteca Nueva, 2013, p. 793.
4 J. Lacan, «Televisión», Otros escritos, traducción Graciela Esperanza y otros, Buenos Aires: Paidós, 2016, p. 544.
5 J. Lacan, «…o peor», Reseña del seminario 1971-1972, Otros escritos, ibid., p. 574.
6 Le Goff, Jacques, «Préface», in Aelius Aristide, Discours sacrés, Rêve religión, médecine au IIe siècle après J. C., introduction et traduction par A. J. Festugière, Paris, Editions Macula, coll. «Propylées», 1986, p. 6. Nuestra traducción, ligeramente modificada. Hay en español una traducción de los Discursos sagrados publicada por la Editora Gredos.
7 Ibid., p. 6-7.
8 Gorgias, «Encomio de Helena», recogido en Los sofistas: testimonios y fragmentos, traducción de José́ Solana Dueso, Madrid, Alianza Editorial, 2013, p. 192-199. PDF
9 J. Lacan, El seminario, libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires: Paidós, 2010, p. 31.
10 J. Lacan, «Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad», Otros escritos, Buenos Aires: Paidós, 2016, p. 371.
11 J. Lacan, Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos, Otros escritos, Buenos Aires: Paidós, 2016, p. 584.
12 J. Lacan, «Televisión», Otros escritos, ibid., p. 544.
13 J. Lacan, «Position del inconsciente», Escritos 2, Madrid: Biblioteca Nueva, 2013, p. 793.
14 J. Lacan, «Televisión», Otros escritos, ibid., p. 544.
15 En su texto «El inconsciente», Freud había establecido cuatro propiedades específicas del sistema inconsciente: 1) «Ausencia de contradicción» (Widerspruchslosigkeit); 2) «Proceso primario (movilidad de las investiduras)» (Primärvorgang [Beweglichkeit der Besetzungen]); 3) «Atemporalidad» (Zeitlosigkeit) y 4) «Sustitución de la realidad exterior por la realidad psíquica» (Ersetzung der äußeren Realität durch die psychische).
16 J. Lacan, «Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis», Escritos 1, ibid., p. 237.
17 «De manera general, lo que Freud llama condensación en retórica se llama metáfora; lo que llama desplazamiento, es la metonimia.» J. Lacan, El seminario, libro 3, Las psicosis, Buenos Aires: Paidós, 2009, p. 317.
18 Para Lacan, la metáfora es «el efecto de la sustitución de un significante por otro dentro de una cadena, sin que nada natural lo predestine a esa función de ‘fora’ (phore), salvo que se trata de dos significantes, reducibles, como tales, a una oposición fonemática.» J. Lacan, «La metáfora del sujeto», Escritos 2, Madrid: Biblioteca Nueva, 2013, p. 848.
19 La metonimia caracteriza el proceso que enlaza un significante con otro dentro de una cadena, lo que «permite la elisión por la cual el significante instala la carencia de ser en la relación de objeto, utilizando el valor de remisión de la significación para investirlo con el deseo que apunta hacia esa carencia a la que sostiene Ibid., p. 482.
20 Ibid., p. 485.
21 J. Lacan, «Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis», Escritos 1, op. cit., p. 284.
22 J. Lacan, «La dirección de la cura y los principios de su poder», Escritos 2, op. cit., p. 588.
23 J. Lacan, «Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos», Otros escritos, op. cit., p. 584.
24 J. Lacan, El seminario, libro 20, Aun, Buenos Aires: Paidós, 2016, p. 83.
25 «Es imposible, en efecto, que un mesmo atributo se dé y no se dé simultáneamente en el mismo sujeto y en un mismo […] Este es, pues, el más firme de todos los principios […] Es imposible, en efecto, que nadie crea que una misma cosa es y no es […]» Aristóteles, Metafísica, «libro Gamma», 3, 1005b 19-24, ibid., ed. Trilingüe, Valentín García Yebra, Madrid: Editorial Gredos, 1990, p. 167.
26 J. Lacan, «La dirección de la cura y los principios de su poder», Escritos 2, op. cit., p. 610.
27 J. Lacan, «Radiofonía», Otros escritos, op. cit., p. 466.
28 J. Lacan, Conferencia en Ginebra sobre el síntoma, el 4 de octubre de 1975. PDF
29 J. Lacan, «Televisión», Otros escritos, op. cit., p. 544.
30 J. Lacan, «…o peor», Reseña del Seminario 1971-1972, Otros escritos, ibid., p. 577.
31 J. Lacan, «El acto psicoanalítico», Reseña del Seminario 1967-1968, Otros escritos, ibid., p. 396.