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Discurso social y delincuencia. De delinquir para consumir drogas a delinquir por amor
La Ley es constantemente modificada y ampliada en un intento de salvaguardar de todo daño a la sociedad, enviando a la sombra a todo aquel que represente su transgresión. Hace unas décadas, esta sombra era sobreocupada por drogodependientes que incumplían la ley para mantener su consumo. En la actualidad una gran mayoría de los condenados lo están por quebrantar una orden de alejamiento hacia su pareja, interpuesta por la justicia ante la peligrosidad apreciada en la relación para ambos partenaires. El temor a un nuevo desenlace fatal legisla sobre relaciones amorosas conflictivas, toxicas se dice.
Ante el temor a quedar enganchado en una relación así, se inventan términos que ayuden a detectar red flags y preparar una huida inminente: gasligthing, curving, ghosting-zombining, benching, whehming, breadcrumbing (por orden: cuestionar la cordura del otro, dar largas, desaparecer sin previo aviso, volver a aparecer después de desaparecer, dejar al otro en la reserva, presumir de ser alguien muy solicitado, dar esperanzas sin concretar nada). Toda esta nueva forma de nombrar son advertencias al inicio de una posible relación tóxica. No dicen nada nuevo: hace unos años podría considerarse deseable un cortejo —lovebombing— con la intención de despertar la ilusión en otra persona —delusionship—, ilusión que te puede incapacitar para ver los defectos en el otro —birdboxing—. Más que una alerta ante la falta en el otro, ¿no es un rechazo de esta falta?, ¿un rechazo de un otro que no sea completo?
Este cambio en el discurso social en el ámbito de las relaciones, ha provocado un importante cambio en los significantes. Se ha abandonado la acepción crimen pasional por violencia machista, y en éste cambio de significante cambia el lugar del sujeto en el discurso: si antes el sujeto actuaba desbordado por una pasión incontrolable y encontraba su justificación en la devoción a un amor romántico, ahora actúa sostenido por un discurso de poder, cayendo la responsabilidad del acto sobre el individuo. Aparece el desamparo al no poder hacer con el síntoma en este nuevo orden simbólico, culpan a una nueva ley por no dejarles amar, y a la pareja, por no dejarse querer.
«La culpa es de la ley nueva que beneficia a las mujeres», «Ahora sólo se escucha a las mujeres, a mi ni me dejaron hablar», «Lo que quería mi pareja era cobrar la pensión» o «Yo no soy el único, esa mujer ya ha mandado a prisión a varios hombres», son las justificaciones habituales ante el comportamiento reprobado. Ante la pregunta «¿qué es lo que te ha traído a prisión?», los nuevos ingresos enumeran una lista interminable de agravios que sufren por parte de sus parejas: son celosas, consumen drogas, no tratan bien a sus hijos. Ante el «¿por qué se interpuso una orden de alejamiento?»: fueron los vecinos, la policía, «ella, pero después se arrepintió», o «ella porque quería dinero». Ante la pregunta «¿Por qué seguías con esa relación a pesar de todo esto y de la orden de alejamiento?» Muchos responden que estaban enamorados o que era ella quien les llamaba.
Si apuntamos al amor como deseo, es posible hacer algo ante la imposibilidad de la relación, sostener la frustración que produce esa falla, y reconocer al otro como sujeto sublimando el goce para poder llegar a esa ficción amorosa de la que habla Colette Soler. El amor posibilita el lazo social, entonces, ¿qué produce la llamada toxicidad en una relación?
Entiendo toxicidad en los mismos términos en los que se produce hacia las drogas. El drogodependiente intenta anular la falta estructural que lo constituye como sujeto deseante, quedando atrapado en un goce solipsista, rechazando al Otro, y condenándose a vivir en los márgenes de la sociedad. El amor organiza esa fuerza pulsional en un lazo que intenta cerrar la falta, aunque no lo consiga. Esto puede hacer que una relación perdure, pero para que se den los elementos de una adicción, debe haber un atrapamiento del sujeto en ese ideal de ser Uno, de ser completo con el otro.
En la idealización del amor, que todo lo puede, no hay lugar para un otro en falta. No se tolera la distancia del objeto, al que se reduce al partenaire. Se apoya en la pulsión, quedando en un goce no regulado por el deseo ni la castración. La falla a la hora de someter el goce a la ley simbólica para plegarse al deseo, hace emerger un goce autoerótico en el que se pretende consumir al otro por completo y sin piedad. La distancia exigida a menudo con respecto a familiares y amistades, regular las relaciones a través del control de las redes, aísla y se crea una relación en la que se anula al otro o se deja anular por el otro. Se abre la posibilidad de llegar a ese goce absoluto, mortífero, cuya adicción lleva a las parejas a continuar la relación a pesar de todas las pérdidas aparejadas y, finalmente, la libertad.
He de decir, que los individuos de grupos con los que he trabajado, adolecen habitualmente de un exceso de ideas o comportamientos que se puedan tachar de machistas, o al menos las ven suficientemente reprochables como para no admitirlas: son padres que cuidan de sus hijos, comparten las tareas del hogar, que entienden que su hija puede jugar al fútbol y su hijo con muñecas y que se quejan de que sus parejas pretendan ponerles en el lugar de «el malo» —hace poco un interno se quejaba de el uso de la expresión «cuando venga tu padre verás» en la educación de sus hijos.
Nos queda claro que maltrato en la pareja ya no está tan condicionado por una situación de veto de la mujer en la sociedad, que le hace dependiente económica y socialmente de un hombre. Sin embargo, sigue habiendo una dependencia, un enganche que impide salir de la relación. De la misma manera, es presumible que el declive de los llamados valores machistas, no va a evitar esta adicción al goce mortífero en estas relaciones. Hace veinte años los hombres condenados por agredir a sus parejas, razonaban su delito de otra forma, uno de ellos me comentaba que «cuando una mujer abandona a su marido, ya se sabe lo que puede pasar». Hoy en día esta justificación es impensable, pero el fondo del asunto no es tan diferente.
¿Es, entonces, una condena al crimen machista? El machismo está, pero sosteniendo la escena fantasmática en la que se producen estas relaciones. Los programas de tratamiento, en aras de ajustarse a la cuantía de las condenas, que suele estar en torno a los seis meses, tratan esta problemática como categoría criminal, no diagnóstica, y ofrecen mas que un espacio de escucha, una formación sobre relaciones igualitarias y fenomenología machista. Al margen de que estos programas puedan suscitar mas o menos interés teórico por su contenido, no ofrecen un lugar para entender cómo se ha llegado hasta allí. «Pero, ¿qué es lo que ha ido mal en mi relación?», pregunta un usuario de estos talleres. Quizá sea necesario parar el contenido teórico en este punto para dejar hablar.