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El cuerpo como escena
La cuestión del cuerpo en psicoanálisis: organismo/cuerpo
Podemos preguntarnos por el título de estos talleres El cuerpo como escena en un espacio sobre psicoanálisis, cuyo nombre implica análisis de la psique. Veremos en el desarrollo de hoy, como desde sus inicios el psicoanálisis observa la cuestión del cuerpo, tanto en la teoría como en la práctica.
Siguiendo a Lacan, nuestra intención hoy, es tratar de ver cómo surge esta interrelación organismo/cuerpo/psique, que va a establecer la realidad psíquica, desde los momentos previos a nuestro nacimiento, y como intervienen en ello los síntomas y las pulsiones.
Hablamos de síntomas en el cuerpo, que presentan los niños desde muy pequeños y poseen un sentido de orden psíquico, no orgánico. En los bebés recién nacidos, podemos valorar casos de rechazo al alimento, fenómenos psicosomáticos (asma, erupciones cutáneas…) o más adelante en la primera infancia de enuresis, encopresis u otros, como vamos a observar en los de los casos que presentaremos.
En cuanto a La pulsión, es uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis, que viene a marcar la diferencia de la que hablamos, entre organismo y cuerpo.
A diferencia del instinto, no constituye una noción adaptativa. El instinto corresponde al programa animal, aquello que marca genéticamente el cuerpo y determina una conducta. La pulsión no es la marca de la especie sino la marca del lenguaje, de la condición humana. El instinto haría al organismo, la pulsión al cuerpo, cuerpo pulsional, como vamos a ver.
El recién nacido, por su prematuridad, tiene por construir una realidad psíquica, partiendo de un organismo a un cuerpo hablante, atravesado por los efectos de la palabra y significantes, incluso previos al nacimiento.
Centrados en lo que concierne al neonato y la primera infancia, terminaré la primera parte proyectando algunas escenas de un antiguo documental Bebés, en el que podemos observar cómo en culturas muy diferentes, durante el primer año de vida de cuatro niños, van poniendo su cuerpo en escena y optando por repuestas muy propias, en las que irán surgiendo síntomas y fijaciones pulsionales, que van conformando su psiquismo.
La tesis de Lacan en relación al cuerpo, se desarrolla desde el principio hasta el final, con fórmulas diferentes, pero relacionadas de acuerdo a los tres registros, que confluyen en la construcción de la subjetividad, operando como un nudo Borromeo (RSI): de orden imaginario (la constitución del yo, de la imagen del cuerpo y del sentido, tanto del discurso como de la vida en general), de orden simbólico (el lenguaje), y lo real de la experiencia, (aquello que no puede simbolizarse, lo imposible y constituye lo traumático para cada sujeto).
Los tres registros, imaginario, simbólico y real, deben anudarse entre sí para que la estructura subjetiva se sostenga y cada sujeto pueda constituir una realidad que compartir con los otros y en la funcionar.
Lacan pone un orden de causalidad que va de lo real de la prematuración, a lo imaginario del estadio del espejo, hasta la simbiosis con lo simbólico.
Observemos como se da esto en cada registro:
En su DIMENSIÓN IMAGINARIA, como momento de captura y cautividad por la propia imagen, Lacan desarrolla su teoría del ESTADIO DEL ESPEJO, matriz del narcisismo, en el que confluye también el registro simbólico.
Las primeras experiencias del humano, aún no hablante, no son las de un cuerpo organizado, sino las de un cuerpo despedazado, trozos de cuerpo gozando independientes. Un cúmulo de experiencias vitales dentro de un cierto desorden. El bebé, a veces llora por hambre, otras se chupa el pulgar, ya sea a modo de placer o displacer, por dolor, irritación, frio, calor. Ese cuerpo va construyendo la realidad de esas diferentes percepciones, momentos de excitación, que no están jerarquizados, ni ordenados, por un principio de unidad, en el que se construye el sujeto.
Desde esa disarmonía que le perturba, observamos el estadio del espejo que ilustra a la perfección cómo el Yo solo puede constituirse reconociendo su propia imagen, que el espejo le ofrece bajo forma de Otro. Con el fin de reconocerse como sujeto diferenciado, debe, verse reflejado en una imagen de sí mismo que solo el Otro puede devolverle. Es un fenómeno que ya se observa en los primeros meses de vida: el niño responde con alegría ante la aparición de su propia imagen en la superficie plana del espejo. Lacan lo describe como un «jubiloso ajetreo» para resaltar el entusiasmo experimentado por el pequeño cuando por fin puede verse reflejado por primera vez en el espejo, reconociéndose como una identidad separada de la madre, lo que puede permitirle pensar: «Yo soy eso», como resultado de su identificación con la propia imagen especular, es lo que da forma al yo. Representa la introducción del sujeto en el orden imaginario, donde se aliena a sí mismo.
No obstante, tiene también una DIMENSIÓN SIMBÓLICA importante. El orden simbólico está presente en la figura del adulto que lleva o sostiene al infante, que después del júbilo con su propia imagen, vuelve la cabeza hacia el adulto, quien representa al gran Otro, que le ratifica en esa imagen con la mirada. (
Para percibir esa apariencia de unidad de imagen, la mediación es la mirada del Otro, de esos significantes del Otro que le apoyan, es lo que permite el paso de un organismo (que goza autoeróticamente de sus partes desperdigadas) a esa apariencia de unidad prematura, que es ya un cuerpo.
El lenguaje —«¿Ese soy yo? Sí mira que guapo…»— funciona como un operador que ejerce un doble efecto sobre el sujeto, a nivel de significación de la Demanda materna y de transformación de organismo a cuerpo.
Esto quiere decir, por ejemplo, si a un niño le duele algo, si tiene hambre, frío, está mojado, la madre les da una significación a estos fenómenos de goce del bebé, son esos significantes los que determinan la construcción pulsional. El ordenamiento simbólico de las zonas erógenas, los orificios, va a estar hecho por el discurso materno (Vicente Mira, Placer, dolor, goce y pulsión de muerte, pág. 336).
Son los significantes maternos los que construyen el primer ordenamiento de los orificios. El niño llora y la madre dice: «tiene hambre» y le enchufa el objeto «teta», el niño deja de llorar, ergo tenía hambre. Le ordena, no un deseo, sino una satisfacción pulsional. No se trata de cuidados, sino de templar los goces desperdigados del cuerpo.
Las zonas erógenas se reconocen por su estructura de agujero en una especie de borde (los labios, el esfínter anal, la oreja y los párpados), orificios a su vez vinculados al inconsciente.
La madre no se ocupa del hígado del niño, se ocupa del culito, de los ojos (cierra un poco la cortina para que duerma el niño) o de los oídos (te duelen, no hagas ruido.). La prevalencia de los orificios corporales en los cuidados al niño y las palabras que acompañan estos cuidados, constituyen los significantes unarios, los S1, y ordenan el registro pulsional.
En la teoría lacaniana los objetos de la pulsión responden a cuatro estructuras básicas: la oralidad (el pecho), la analidad (las heces), lo escópico (la mirada) y lo invocante (la voz). Cada sujeto tiene una relación con sus objetos respectivos, con unas modalidades de goce pulsional preferentes y propias.
| Pulsión parcial | Zona erógena | Objeto parcial | Verbo | |
| D | Pulsión oral | Labios | Pecho | Chupar |
| Pulsión anal | Ano | Heces | Cagar | |
| d | Pulsión escópica | Ojos | Mirada | Ver |
| Pulsión invocante | Oídos | Voz | Oír |
Esquema: Diccionario lacaniano, Dylan Evans.
Las dos primeras pulsiones se relacionan con la demanda, las segundas con el deseo.
Las pulsiones no representan la función reproductiva de la sexualidad, sino solo la dimensión del goce.
Si en el orden imaginario, en el narcisismo, había un apaciguamiento y una captura del goce por una imagen especular, ahora hay una captura del goce por el significante, por los significantes de la Demanda materna. (Vicente Mira-pág. 336).
No todos los sujetos entran en la demanda, de ahí que Lacan diga que hay sujetos que no alcanzan constituir un cuerpo, tal y como lo entendemos en este desarrollo, son los casos de autismo y psicosis, que vais a ver en el tercer taller, que no llegan a construir un cuerpo pulsional.
En la DIMENSIÓN REAL, lo real del cuerpo no hace a su condición biológica, sino a lo que no se puede decir ni es captado por el significante, «lo que no cesa de no escribirse», en el inconsciente, el encuentro con lo imposible, totalmente fuera de lo simbólico y lo imaginario. Se trata más bien de delimitar una inscripción, una marca, un rastro, que no es una huella significante, sino una inscripción de goce, la sustancia gozante dice Lacan cuando escribe el redondel de lo Real.
Es un cuerpo traumatizado, no solo por los traumatismos contingentes, siempre los hay, sino más fundamentalmente, por el encuentro con la lengua.
En definitiva, para Lacan el cuerpo no es el cuerpo de la anatomía, ni simplemente el cuerpo de la construcción social y del género. El cuerpo está pensado a partir del inconsciente. Es un cuerpo propio, de un sujeto que habla, que vive, que se angustia y que experimenta una forma de goce.
Introduce el término goce para referirse tanto a una satisfacción pulsional inconsciente, como a la implicada en el síntoma, articulando ambas dimensiones, síntoma y pulsión.
Recopilando, cito a Lacan, «Nuestro cuerpo nos es otorgado, atribuido por el lenguaje (Radiofonía), en tanto no interviene el lenguaje, tan solo es organismo». En el lenguaje se percibe esta atribución, decimos, eso es tu cuerpo, mi cuerpo.., así el lenguaje hace del cuerpo un hecho, puesto que un hecho supone ser dicho, no hay hecho sino dicho (Colette Soler, Los ensamblajes del cuerpo, pág. 13).
«El cuerpo está habitado por la palabra y a la vez éste habita el lenguaje», de forma que hay que tener presentes las dos relaciones; el organismo transformado por el discurso, deviene en un cuerpo sintomático y pulsional en el ser hablante.
El cuerpo pulsional-función subjetiva: la de la identidad. La socialización
Así, el psicoanálisis introduce una nueva concepción del cuerpo, que en el encuentro con la pulsión determina la capacidad de cada sujeto para obtener satisfacción.
Pero la pulsión conlleva una doble función, no solo hay beneficio erótico, hay una función subjetiva, la de la identidad. Decir que es la pulsión la que contesta a la pregunta sobre el ser del sujeto es ya una manera de decir que la pulsión tiene un alcance en la identidad.
Lacan nos demuestra cómo la identidad del sujeto no nace en absoluto del desarrollo progresivo de las potencialidades innatas, sino que depende fundamentalmente de la mediación asegurada por la mirada del Otro.
Con su teoría del Estadio del Espejo, Lacan muestra tras el «jubiloso ajetreo», como el bebé se permite pensar «yo soy eso» y el Otro materno, le ratifica en esa imagen, dándose la construcción del cuerpo pulsional a través de la Demanda del Otro.
Las fórmulas que da para la actividad pulsional, hacerse comer, cagar, ver, entender, escuchar, son fórmulas que dicen bien la función de la identidad al nivel del ser, que no provienen del significante, pero que, sin embargo, suponen el vaciamiento previo por la vía de la operación del lenguaje. (Soler, pág. 46).
Vaciamiento de goce y por tanto de una pérdida por la incidencia del lenguaje, de lo simbólico incorporado en el cuerpo. Pérdida a la Lacan llama «El objeto a», que sería un representante de aquello a lo que tuvo que renunciar el ser humano para acceder al lenguaje.
En tanto perdido, es objeto causa de deseo, cualquier objeto que pone en movimiento el deseo, especialmente los objetos parciales que definen las pulsiones.
Las pulsiones no intentan obtener el objeto a, sino girar en torno a él. Buscan un objeto que está fuera del sujeto, en el campo del Otro, lo cual también implica un cierto grado de socialización, mientras que el autoerotismo supone gozar del cuerpo propio, mediante la estimulación de la zona erógena sin pasar por un objeto. En este sentido C. Soler afirma que la pulsión es una salida del autismo del autoerotismo.
La libido es el órgano de la pulsión, un órgano inasible que nos hace buscar una parte de sí mismo fuera de uno mismo, lo que de alguna manera nos asegura una extensión fuera de nosotros. Esta extensión sólo es posible a partir de una sustracción previa, sí no hay sustracción previa, nos encontramos en el campo de la psicosis. (Mostraré el circuito).
Por ello para terminar, señalar dos dimensiones necesarias en el vínculo materno, con ese Otro, ALIENACIÓN (PRESENCIA)/SEPARACIÓN. (Alienación: el sujeto entra en el lenguaje del Otro; separación: descubre la falta en el Otro).
Cuando hay obstáculos en estos dos procesos, al margen de la determinación de otros procesos descritos por las neurociencias, algo se queda congelado y nos encontramos con patologías graves.
«Los estudios clásicos de René Spitz, acerca del fenómeno clínico de la llamada «privación primaria» que afectaba, en el curso de su primer año de vida, a los niños que, tras haber perdido a sus padres durante la Segunda Guerra Mundial», se veían obligados a sufrir el trauma de la hospitalización. Spitz observaba que, pese a ser tratados con la mayor solicitud posible, desarrollaban síntomas muy graves (depresión, insomnio, autismo, marasmo, anorexia), e incluso, en casos extremos, llegaban a dejarse morir de hambre. Se trata de un ejemplo dramático de cómo el nivel de satisfacción de las necesidades no coincide en absoluto con el reconocimiento del deseo.» (Las manos de la madre).
Son sujetos que han sido dañados en el estadio del espejo y no han recibido esa mirada que les confirma en su primer encuentro con la identidad, que les va a constituir como sujetos, la ALIENACIÓN/SEPARACIÓN necesaria del Otro. No hace falta que recurramos a situaciones contingentes tan graves como los niños del estudio de René Spitz, muchos de los casos que observamos en la clínica, tienen todas las condiciones previas para poder separarse del objeto, pero hay algo que hizo obstáculo para ello, para poder hacerse con un cuerpo pulsional, en donde podemos observar las condiciones familiares o lo que Lacan observa como la decisión insoldable del niño.
En mi experiencia en casos de adopción y de acogimiento he podido observar muchas veces algo de esto. Es muy interesante lo que nos dice Lacan la Conferencia de Ginebra sobre el síntoma, el 4 de octubre de 1975:
Bien sabemos en el análisis la importancia que ha tenido para un sujeto, quiero decir para lo que en ese momento no era todavía sino nada de nada, la manera en que ha sido deseado. Hay personas que viven bajo el golpe, y eso les durará mucho tiempo en sus vidas, bajo el golpe del hecho de que uno de los dos padres —no preciso cuál— no los ha deseado. Es precisamente eso, el texto de nuestra experiencia de todos los días.
Los padres modelan al sujeto en esta función que intitulo como simbolismo. Lo que estrictamente quiere decir, no que el niño sea de alguna manera el principio de un símbolo, sino que la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar no puede más que llevar la marca del modo bajo el cual los padres lo han aceptado. Sé bien que hay en esto todo tipo de variaciones, y de aventuras. Incluso un niño no deseado puede, en nombre de no sé qué que viene de sus primeros bullicios, ser mejor acogido más tarde. Esto no impide que algo guardará la marca de que el deseo no existía antes de una cierta fecha.
Concluyo, esta parte, observando esta cuestión del deseo de hijo, la presencia y la separación necesarias para poner el cuerpo como escena y como los efectos de la palabra preceden a la estructura del lenguaje.
El sujeto está en la palabra antes de tener cuerpo y permanece ahí aún después de no tener cuerpo, es decir después de la muerte: «El margen más allá de la vida», refiere Lacan, considerando la anticipación del sujeto antes de que nazca su cuerpo, y en la memoria que de él se guarda en la sepultura.
Escenas del documental francés Bebès, de Thomas Balmès (2010)
Recogí una cita de Gabriel García Márquez, «Los seres humanos no nacen para siempre el día que sus madres los alumbran: la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez, a modelarse, a transformarse, a interrogarse (a veces sin respuesta) a preguntarse para qué diablos han llegado a la tierra y qué deben hacer en ella» (El coronel no tiene quien le escriba).
Más allá de ese patrimonio genético como marca biológica de procedencia, la vida humana está marcada por las palabras, las leyendas, los fantasmas, las culpas y las alegrías de las generaciones precedentes, no solo de la madre o el padre.
Una vida constituida por las huellas de esos otros o ese gran Otro que los aglutina, como una vida separada, diferente de la vida del Otro, pero al mismo tiempo, al no elegir procedencia, acarrea consigo esas huellas de los que la han producido.
He seleccionado algunas escenas de este documental, que presenta el desarrollo del primer año de vida de 4 niños en lugares muy diferentes del mundo, Namibia, Japón, Mongolia y California. Recoge desde el nacimiento de estos niños hasta sus primeros pasos, las sorpresas, emociones, descubrimientos y la manera en que aprenden poco a poco.
El director señala que no pretende hacer diferencias entre ricos y pobres, sino presentar como crece un niño en 4 entornos completamente diferentes, en la etapa más importante, universal y única de todo ser humano. He recogido algunas escenas a mi entender ilustrativas, las vemos…
Podemos observar como el entorno, al margen de la presencia de unos padres en la vida de cada uno de los niños, abre desde el momento del nacimiento de éstos, un abanico de posibilidades a las que cada uno va enfrentándose inventando sus respuestas, sus maneras y formas de resolver. Algo que apunta a la construcción de un cuerpo, a su constitución como sujetos y a su identidad.
Está claro qué partiendo de los cuidados, afectos elementales y la presencia de unos adultos, en este caso sus padres, las carencias de medios materiales o formas de vida, no parecen obstáculo a este nivel para que un niño se desarrolle y crezca como sujeto. Observando lo importante de sus elecciones desde un primer momento y de su capacidad de decidir.
Vicente Mira: «cada vez que hablemos de goce, aunque no lo adjetivemos, vamos a tener que tener en cuenta que el mundo propone al ser hablante un goce diferente según las épocas, según las sociedades, incluso según las condiciones de vida dentro de una misma sociedad en la que ese ser humano viva. El goce que se propone es diferente según los discursos que cada humano habita».
Bibliografía
Jacques Lacan: «El estadio del espejo en la formación del Yo», Escritos I.
Jacques Lacan: Conferencia de Ginebra sobre el síntoma el 4 de octubre de 1975.
Jacques Lacan: Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales y Seminario R.S.I.
Vicente Mira: Placer, dolor, goce y pulsión de muerte (2006).
Colette Soler: «Los ensamblajes del cuerpo». Abril 2006.
Colette Soler: «Hacia la identidad» (2024-2025).
Massimo Recalcati: Las manos de la madre.
Massimo Recalcati: El Secreto del Hijo.
Thomas Balmès: Bebés (2010).