Publicado el 10/07/2026

Adolescencias escroleadas

«La tecnología ha facilitado en nuestro mundo la miseria de los goces autoeróticos, empujando a hacer del cuerpo del otro un mero objeto para gozar al alcance de la mano… en una transacción contractual que vale solo para un instante»1, ya nos advertía Carmen Gallano en el 2007.

Desde entonces, y ante el vertiginoso avance de esa tecnología con las redes sociales y la IA, preguntarnos por los efectos en la subjetividad de los jóvenes es fundamental para responder a cómo ubicarnos en tanto analistas ante la inflación imaginaria y la falta de tiempo a la que nos enfrentamos.

Para el psicoanálisis, es muy importante situar lo propio del tiempo de la adolescencia, cuáles son las operaciones lógicas que han de producirse más allá del siglo en que nos encontremos. En lugar de crisis, el nombre de Metamorfosis2 que pensó Freud sigue siendo más preciso, ya que lo que allí sucede es una transformación del cuerpo de la infancia que tendrá efectos en la subjetividad del sujeto. Como dijo nuestra colega Beatriz Azagra3 «la que tuvo retuvo», y el que no tuvo, puede desorganizarse seriamente.

Lacan señaló4 que en la pubertad se pondrán a prueba los títulos que el joven o la joven tenga en el bolsillo, a la manera de cierta garantía de que, lo experimentado en la infancia, valga como herramientas para este momento ¿Cómo se ponen a prueba? Con la posibilidad de asimilar las modificaciones que se produzcan en el cuerpo, en el encuentro con la mirada y el cuerpo de los pares, pero fundamentalmente, poniendo a prueba la elección del goce sexual con el cuerpo de quien será el partenaire. Y este encuentro con el cuerpo del partenaire es igual para todos, más allá de las diferentes (catálogo) identidades, que también se han de elegir.

Hoy en día, debemos preguntarnos qué implica que, en el tiempo de ponerse en juego en el encuentro con otro cuerpo, en lugar de pedir tocar una teta u ofrecerla a que la toquen, pidan y envíen una foto de la teta. Qué implica para la subjetividad que, en el tiempo de la floración de las fantasías, sean tapadas o sustituidas por las imágenes del consumo pornográfico. Qué pasa con esos cuerpos que, a la hora de tener que ponerlos en la escena, los retiran o, por el contrario, se precipiten de manera obscena sin demasiado soporte simbólico, ya que son pocos, o muy transparentes, los velos ante lo real.

Para respondernos, la ventaja del psicoanálisis es no perdernos en el cajón de sastre de los trastornos y los protocolos, ni de darnos respuestas generalizadas, sino intentar situar de qué se trata para cada uno y cada una. Es la clínica de lo singular. En cada caso hemos de preguntarnos cómo está jugando sus cartas ese sujeto para orientarnos en la dirección de la cura.

El tipo de consultas se caracteriza por cierta urgencia.  Ante la necesidad de respuestas inmediatas, «el encuentro con el imprevisto se convierte en un trauma que no se puede subjetivar, creando circuitos de goce que eviten el impacto de ese encuentro»5. La brecha generacional se manifiesta en la excesiva vulnerabilidad, todos neurodivergentes, terrones de azúcar que diría Rosalía, pero ¿ante qué? Ante la nuestra mirada de adultos que los sobre protegemos en la infancia a la vez que les exigimos que sean resueltos e independientes.

Ahora piden a menudo hablar con un psicólogo, estamos de moda, pero ante la posibilidad se encuentran con la dificultad de ponerle nombre a su padecimiento, utilizando los tres del mercado: «No sé, tengo ansiedad». «Me dijeron que puedo tener depresión». «Vi en TickTock que lo que tuve se llama ataque de pánico», o simplemente «Pregúntame tu».

Una niña de doce años, habiendo llorado durante diez noches seguidas, no puede decir nada sobre el motivo y no lo sabe de verdad. El problema es que tampoco puede decir nada sobre otros temas. Le propongo dibujar, como alternativa a la palabra, y con cara de desprecio pregunta: «Para qué».

Aparentemente desafiantes, pero realmente pasivos frente al devenir de los reels. Este escrolear, podríamos pensarlo como una forma de errancia contemporánea, con la dificultad que no es una errancia que busca, sino que se produce en circuitos cerrados, alejándo aún más la posibilidad de separarse del gran Otro para encontrarse con un deseo propio. Vivir buscando lo que no cabe en un área visible, «Es un modo de obturar lo que hace agujero en lo real, evitando pasar por la palabra, el saber y el síntoma»6. Lo real es aquello imposible de nombrar, pero con lo que tenemos que convivir, como por ejemplo con la idea que hagamos lo que hagamos nos vamos a morir. 

¿Cómo cortar ese escroleo vital en el que algunos cuantos se encuentran? ¿Cómo crear la necesidad de separarse de este gran Otro del mundo redes, sin exigencias aparentes? ¿Sin exigencias? nada más ni nada menos que la de perpetrarse de manera pasiva ante las continuas imágenes que le impone.

El caso es que la fenomenología sintomática que se describe como propia de los adolescentes contemporáneos: ideaciones de muerte, apatía, agresividad, rechazo del Otro, adicciones, poca o excesiva vergüenza, conductas de riesgo, etc, no podemos considerarla síntomas en el sentido psicoanalítico. Se presentan como síntomas que no demandan nada, es decir que no comportan un enigma al sujeto.

Un síntoma se constituye como tal, en tanto despierta una pregunta para quien lo padece ¿Por qué me quiero morir? ¿desde cuándo? ¿Qué me angustia tanto al punto de darme un ataque? ¿Por soy tan agresivo con mi madre, me causan rechazo los inmigrantes o no soporto a las mujeres? 

Nos toca encontrar maneras de problematizar la relación con los otros para la que requieren tantos adjetivos calificativos, el rechazo del saber académico o familiar, la falta de sueños o ideales. En definitiva, apuntar a subjetivar la inconsistencia del gran Otro y, por lo tanto, la suya propia. Sin detener el escrolear y sin tiempo no surgirá deseo alguno.

¿Cómo? No hay fórmulas, los psicoanalistas no tenemos un manual para responder a todas las preguntas que he formulado, pero son una guía para una escucha sin prejuicios, clave para inaugurar el acto de la palabra de quien nos viene a ver.

En este sentido, creo que el desafío inicial es despertar el interés por reescribir la historia sobre lo que les sucede, es decir despertar el deseo de saber sobre la causa inconsciente de su padecimiento.

Consultan por un jovencito de 13 años, con una enorme capacidad de desafiar y alterar al adulto, tanto en casa como en el instituto, al punto que después de 2 años se da por rendida la terapeuta anterior, quien hacía responsable a la familia de no seguir sus pautas. En la primera cita le pregunto de qué le apetece hablar, se sorprende: «De lo que me digas». Respondo que no sé qué quiere, ni qué cosas le interesan. «¿Puedo hablar de cualquier cosa?», pregunta sorprendido y luego de un largo silencio vuelve a preguntar «¿De fútbol?». Entonces cuenta divertido una escena en que Kurtua se chuleó y lo atacaron los del frente atlético, frente al que sueña con pertenecer. Le pido que me explique los detalles, luego su opinión sobre los hechos a lo que sin dudar responde «qué se joda por chulo», y al final le pregunto si alguna vez le sucedió algo del estilo. Con sorpresa descubre que sí, pero al revés, se chuleó con los compañeros y no solo se cabrearon, sino que le dieron. Lleva dos años viniendo y, aunque sostenga su gusto por los golpes, se ha calmado. Él dice que lo calmó hablar y yo agrego, escucharse decir sobre su violencia que poco a poco fui interrogando.

«Si del deseo hablamos, el deseo del analista tiene un papel decisivo en la clínica en tanto velamos por su advenimiento, como parteros del deseo»7, termina Lacan el seminario sobre el deseo. Para hacerlo surgir, y ante el tipo de consultas, Vilma Cocoz sugiere que la apuesta por el trabajo con adolescentes requiere de una «presencia decidida»8. Cosenza la llama «presencia viva del analista»9 en tanto será necesario estar más disponibles en los momentos de crisis.  Vicente Mira (2015) señala que nuestra función no es dominar la situación, sino sostener una presencia que no retroceda ante la angustia, la del paciente y la nuestra.

En mi opinión, aunque diré una obviedad merece la pena recordarlo, el primer paso es hacernos el tiempo, tiempo mental, para que ellos mismos se lo fabriquen y será nuestra escucha paciente la que les permita dar valor a sus propias palabras, las que sean. Ante la urgencia: tiempo.

A veces lo más difícil es defender ese espacio ante las familias, las instituciones educativas u hospitalarias. Entonces nuestra función será siempre la de calmar las aguas, incluso en situaciones realmente complejas, precisamente en donde más debemos sostener que se tolere ese tiempo que cada uno necesita. Sobre todo, cuando no sabemos de qué se trata lo que sucede a ese chico o chica, algo que es imposible hacer con protocolos, que justamente eluden la palabra del sujeto y su deseo.

Me gustaría compartir algunas estrategias de las que me sirvo para animarlos a empezar a decir algo más allá de la queja, que creo que es lo más costoso en esta época, y que nos valen aun cuando las limitaciones institucionales solo permitan encuentros espaciados en el tiempo. Cómo sacarle jugo a ese tiempito esporádico.

Si las operaciones que deberían producirse en la pubertad tienen que estar precedidas por un primer tiempo, hemos de apuntar a llevarlos a reescribir un relato sobre la neurosis infantil, si la hubo, es decir, reescribir qué padre y qué madre se fabricaron para comenzar a descompletarlos, desidealizarlos, humanizarlos. Es fundamental facilitar la elaboración de las elecciones de las identificaciones infantiles.

Interrogar de qué se tratan, por ejemplo, las ideas de muerte tan la orden del día. Cuando alguien siente que no merece la pena vivir, es fundamental ofrecerle la posibilidad de preguntarse qué lo ha llevado a ese momento.

Una jovencita de 15 años consulta por ataques de pánico y una fobia escolar. Confiesa, en voz muy baja, que tiene ideas de muerte. Al indagar, ese querer morirse, pero sobre todo la fobia, se le presentaba como respuesta ante el deseo de ser la líder de la clase y de tener un novio como el de las novelas que lee.  En la pubertad se topó de bruces con que, al poner a prueba los títulos del bolsillo, no alcanzaba la imagen de niña mona que tenía en la infancia.

Sin embargo, no poder tomarse el tiempo de escuchar que una joven se encuentra tan angustiada que «siente» que no merece la pena vivir, activando un protocolo de emergencia, es privarla de entrada de que hable de su dolor. Pero fundamentalmente, privarla del tiempo necesario para que pueda subjetivar, es decir elaborar algo de ese padecimiento para poder salir del mismo y, en algunos casos generando el efecto contrario, dándole identidad de enferma mental10.

Por supuesto, escuchar los significantes con que se nombra, si son los mismos a los que se ha identificado en la infancia, tanto como escuchar qué lazo establece con los pares.

«Somos un dúo», me decía una chica de catorce años que intenta reproducir con la amiga la relación que tuvo con la madre, algo que no se sostiene por mucho tiempo y la hace sentirse rechaza. O duo o rechazada.

Habréis constatado que no hay sueños, pero siempre pregunto si tienen sueños, provocando en algunos casos la confusión entre sueños de fututo o haber soñado, y a veces hay sorpresas.

En la primera entrevista con un joven que no tiene motivos personales para venir y consulta ante la insistencia de los padres, le pregunto si tiene sueños. Relata uno que lo despertó: él se lanzaba por un tobogán negro que iba muy rápido hasta llegar a un sitio con varias puertas donde tenía que elegir una y se repetía lo del tobogán negro a otro sitio con varias puertas y vuelta a empezar. Le pregunto por qué cree que soñó eso, lo atribuye, en voz muy baja a que fuma porros. Entonces le explico que, más allá de las sustancias, los sueños los inventamos cada uno con ideas o pensamientos propios, suelo explicar la asociación libre, di lo que se te ocurra, aunque te parezca una tontería. Se pregunta entonces, si está tomando buenas decisiones que llega siempre al mismo lugar. Excelente comienzo para alguien que no necesitaba ni quería venir.

En ocasiones pedir que cuenten una película o hasta una escena de TickTock para recoger los significantes que recorte el sujeto de lo que le llamó la atención. Significantes cuya elección es siempre propia.

A veces, adelantar una hipótesis que sugiera esa causa, hasta que un día escuchas decir «no sé por qué será, pero ayer por la tarde me dio ansiedad», «no sé por qué» sugiere por fin la suposición de la causa, de un enigma y allí vamos a buscarla, en ese caso había pasado 8 horas seguidas capturada por el móvil sin salir de casa ni haber estudiado para un examen.

No intervenir en las cuestiones de la imagen hace que pierda un poco de peso. Cambiar de tema cuando vuelven a hablar de su aspecto físico, o las horas del gimnasio, es una manera de decirles que la imagen no es más que envoltorio, aunque necesario por supuesto, porque aunque es en el espejo donde nos damos la primera identidad, es una identidad muy endeble que ya que siempre muestra el vacío que envuelve.

Para terminar, más allá de la presentación clínica, del tipo de demanda o de las maniobras necesarias en las primeras entrevistas, la función del psicoanalista es hacer que crean en el inconsciente. Es conmovedor ser testigos de cómo se va enriqueciendo ese lenguaje empobrecido por la contracción de los mensajes. Es nuestra función sostener que es necesario un tiempo no cronológico sino lógico, que no sabemos lo que puede durar, para construir que eso que lo aqueja tiene un motivo y está en su propia historia, en sus elecciones inconscientes y en cómo se ha relacionado con el gran Otro (encarnado en los padres), con su cuerpo y sus satisfacciones.

Luego, habrá que sostener otro tiempo, con el deseo como dirección y el manejo de la transferencia como estrategia.

Nuestros autores de referencia, Freud y Lacan nos legaron la brújula con la que se guiaron: la escucha de sus analizantes. La clínica siempre por delante nos permite interrogar la subjetividad y los goces contemporáneos, preservando el espíritu investigador y subversivo de nuestros maestros frente a los prejuicios de la época.

Notas

1 Gallano C. Pero ¿de qué adolescen? Krisis hoy. Ediciones S&P (BCN 2019).

2 Freud S. Metamorfosis de la pubertad. Vol. VII. Obras Completas. Ed. Amorrortu.

3 Azagra B. V Jornadas Forum Infancias. «El mundo a través de la adolescencia ¿Espejo o pantalla?».

4 Lacan J. Seminario 5, Las formaciones del inconsciente, pág. 175 Ed. Paidós.

5 Cosenza D. Clínica del exceso, pág. 65. Xoroi Ediciones.

6 Gallano C. Pero ¿de qué adolescen? Krisis hoy. Ediciones S&P (BCN 2019).

7 Lacan J. Seminario 6, pág. 537. Ed. Paidós.

8 Cocoz V. La clínica de las adolescencias: entradas y salidas del túnel, pág. 106. Ed. Gredos (2012).

9 Cosenza D. Clínica del exceso, pág. 85. Xoroi Ediciones.

10 Barrios C. «El espejo roto: el cuerpo en la adolescencia».